domingo, 2 de diciembre de 2018
E pur si muove o Eppur si muove
Parece ser que la famosa frase no acaba de generar acuerdo en cuanto a su correcta escritura, así que pongo las dos, por si acaso, aunque no se mueva la cosa.
Ayer , de la forma más inesperada posible, la realidad del cambio social que hemos vivido desde el famoso 30 de Abril de 1993 (los curiosos pueden escribir la fecha en Google, a ver que les sale) me saltó a la cara y lo hizo de la mano de una petición cuyo objetivo era, y es, perpetuar la sana costumbre de desearse lo mejor aprovechando el solsticio de invierno: al pedir "la dirección" a un grupo de amigos, directamente me mandaron su correo electrónico, no la dirección postal a la que enviar una tradicional carta.
Creo, sinceramente, que es una de las situaciones que mejor pueden resumir lo que han cambiado nuestras vidas, la sociedad y el mundo. El lenguaje se mueve, la realidad se mueve y los significados se van adaptando a lo que nosotros queremos que signifiquen, así de sencillo.
Yo ya tengo las direcciones de mis amigos, pero su realidad - la realidad toda -dejará de ser material para desvanecerse, cada vez más, en la confusa nebulosa de la red; allí donde nada es del todo verdad ni del todo mentira, el espacio donde se es, sencillamente, digital, que es lo mismo que ser nada pero vestido de modernidad.
Curioso mundo este
martes, 27 de noviembre de 2018
Lealtades debidas
Una foto que nos abochorna a todos
Nuestro incontrolable rey emérito, ese que ha decidido
ponerse el mundo por montera y acabar de un papirotazo con el prestigio, ya
escaso y amenazado de ruina, de nuestra monarquía, se ha despachado este fin de
semana con dos fotografías cuya digestión me resulta imposible.
La primera, con resonancia internacional, se la ha hecho con
el famoso príncipe descuartizador en vivo mientras disfrutaban de las
carreritas de coches. Curioso que la primera foto que trata de retornar a este
monstruo al mundo de los seres humanos normales que no trituran a sus críticos
tenga a nuestro rey emérito como protagonista. ¿Se trata de un pago debido? ¿De
una lealtad mafiosa que agradece, de esta forma, las generosas comisiones
cobradas desde hace años? No suelo ser mal pensado, pero la cosa tiene toda la
pinta de recado mafioso: “querido Juan Carlos, te recuerdo que nos debes un
favor, ya sabes cómo funciona esto. Nada
que te cueste mucho, sólo una foto y un abrazo. No me cabe duda de que tú
entiendes lo importante que es que todo siga igual.” Por supuesto alteza,
contesta el interpelado en primer tiempo de saludo, presto ya el gabán para
iniciar el viaje. Faltaría más
Una normalización imposible
Pero es que esa foto, siendo muy importante, no es la única:
falta hablar de la infantita que se ha aparecido como testigo de la obediencia
debida. Debe ser por aquello de que ya tiene práctica es actuar como
espectadora de extraños movimientos, influencias y tráficos más o menos
subterráneos. Siempre es bueno tener una llegado en Suiza, por lo que pueda pasar.
Ya van dos intentos de normalizar la presencia en los actos reales de la tal
infanta y creo, me parece y estimo adecuado, que lo mejor sería un eterno
ostracismo en las frías aguas del lago Le Man. Menos dañino que lo que está por
venir, me temo
O la Casa Real se pone las pilas o mucho me temo que la cosa
explota el día menos pensado.
Esto no hay quien lo aguante, de verdad.
domingo, 25 de noviembre de 2018
Me caí de la bici camino de Damasco
En pleno centro y sin coches, una gozada.
Eso sí, la estética de esos acúmulos de bicis, es mejorable
Cada cual, en la medida de sus posibilidades, guarda en la
memoria momentos de epifanía, de iluminación que hacen que nuestra vida cambie
y busque direcciones distintas, caminos divergentes a la ruta seguida hasta ese
momento. Son momentos que pueden llegar a ser famosos – Saulo de Tarso y su
célebre caída del caballo camino de Damasco puede ser el más conocido – y que
no siempre están asociados con el disfrute de grandes lujos o la llegada a
entornos de alto nivel económico, no. Es más, lo habitual es que esos momentos
estén ligados a cosas muy simples que, hasta ese momento, o no habían formado
parte de nuestra experiencia o, si lo habían hecho, no habían sido tan plenos,
tan maravillosos y tan reveladores de la verdad contenida.
Dicho esto, mi último momento de iluminación me ha llegado
esta semana al poder recorrer la ciudad de Ámsterdam en una bicicleta pensada y
diseñada para hacer el paseo realmente confortable. Súbitamente, la ciudad cambia,
las distancias, conservando medidas humanas, se hacen mucho más accesibles mientras el tiempo parece ajustarse y acompañar esa medida humanizada, ni lenta
ni excesivamente rápida. Los que me conocen saben que esta es una ciudad que me
apasiona y en la que siempre suelo tener experiencias agradables, pero lo de esta
semana ha sido una verdadera revelación.
Lo que al andar por sus calles parece caótico, de repente
cobra sentido, orden y claridad: hay avenidas específicas, sus propios
semáforos que regulan los pasos según prioridades que yo no conocía y el
esfuerzo es el exacto para que haya un retorno de satisfacción puramente física
ligada, según imagino, a la liberación de adrenalina que conlleva cualquier actividad
deportiva, aunque sea tan moderada como esta.
La experiencia me ha confirmado que sí, que otra ciudad es
posible y que puede haber centros urbanos limpios, silenciosos y agradables. Tomé
una foto en la plaza de la estación central, localización que, en casi
cualquier ciudad, es el epicentro del desastre de coches, humos, caos y
confusión. Nada más lejos de la realidad: Ámsterdam nos enseña que es posible
poner al ser humano en el centro y no a los coches; que la ciudad es para los
seres humanos y que debemos hacer caso a Protágoras de Abdera y conservar al
ser humano como la medida de todas las cosas, incluidos sus desplazamientos.
Ánimo y a por ello, Madrid, que el camino es largo pero
posible.
sábado, 17 de noviembre de 2018
Cartas: el universo perdido
¿Cuánto tiempo hace que no
escribes una carta? ¿Cuánto tiempo hace que no recibes carta de un amigo, de un
familiar, de alguien querido pero lejano? ¿Cuántos años hace que no te
enfrentas a aquel papel de carta, liviano, rugoso y ondulado que parecía querer
levantar el vuelo anticipando el viaje en avión? ¿Cuánto tiempo hace que tu interior
no se desangra en la ordenada escritura de la pluma y se asoma al exterior para
ser compartido con alguien querido? ¿Cuánto tiempo hace que no te vuelcas,
desnudo y desvalido, sobre el frío lienzo del papel para llenarlo de calor, de
cariño, de admiración, de furia, de amistad o de reproches? ¿Cuánto tiempo hace
que no sostienes una pluma con ganas de contarte cosas a ti mismo en presencia
de aquel añorado ausente? Hemos perdido las cartas, hemos perdido una forma de
relación íntima y personal que requería tiempo y sinceridad y nuestro tiempo se
ha llenado de otras formas de interactuación más públicas, más sociales, más
electrónicas y mucho, muchísimo más inmediatas. Ya no hay tiempo entre nuestro
enunciado y su respuesta; nada hay ya de aquella espera, de la ilusión de abrir
el buzón para ver si la ansiada carta había llegado por fin. Nada queda del
horario del cartero salvo la llegada de los productos comprados y que nada tienen
que ver con aquellos momentos de separación, de detención temporal que requería
la lectura, respetuosa y litúrgica, de la deseada carta.
Eran, aquellas cartas, un
ejercicio de meditada escritura; de lentitud expresiva que se iba colocando,
armoniosa, en la adecuada sucesión de una narración meditada y trabajada: era
una cuidadosa gestión de la oportunidad que no podía menospreciarse. La carta
era el momento de la verdad, el espacio en que no cabía más que el reflejo de
uno mismo, aunque la carta estuviera llena de mentiras. Nada como la mentira
para manifestar y dejar ver la verdadera naturaleza del que miente.
No renuncio ni reniego de la escritura de
este "blog" o al uso del ordenador, pero quiero volver a aquella dulce intimidad
de la carta, de la pluma, de los sobres ribeteados de color que se colaban en
los aviones como signo de modernidad y rapidez. Quiero que mi pluma -lo confieso:
sigo escribiendo a mano y con pluma – vuelva a sonar sobre aquellos folios
ondulados, blancos o amarillentos, para decirles a mis amigos que son gente
estupenda a los que quiero y valoro, aunque haga años que hayamos decidido no
decirlo jamás: antes muertos que tiernos y pringosos. Quiero volver a recrear aquel
universo olvidado, aquel espacio perdido de las cartas donde
La idea va surgiendo lentamente,
luego muere en el arado de la pluma
y es el papel cementerio
del pensamiento acabado
quiero volver a crear ámbitos de comunicación
espaciada y tranquila, pero me temo que no me quedan demasiados locos
nostálgicos que se apunten a seguir los sueños y las ideas compartidas al ritmo que marcan las añoradas
cartas. Una pena.
viernes, 16 de noviembre de 2018
La felicidad que jamás me enseñaron
A medida que me he ido haciendo mayor -por no decir viejo,
que el término está en desuso y no goza de popularidad -he podido ir repasando
la utilidad de las cosas que me enseñaron y que la vida me ha ido tatuando,
bien de forma amable o, en la mayoría de los casos, de forma muy poco amable
pero eficaz. En ambos casos, el balance va siendo distinto conforme los años me
van cambiando la perspectiva y el punto de vista, pero puedo darme cuenta, hoy
con una claridad absoluta, que nunca, nadie y bajo ninguna circunstancia, me
enseñó algo que creo fundamental: nadie me enseñó a ser feliz; nadie puso la
felicidad como un objetivo básico en mi vida, nadie priorizó su consecución
como algo que yo debía exigirme como una obligación ineludible.
En mi formación me inculcaron la obligación, el deber de
aspirar al máximo, de hacer de mi vida y con mi vida, un logro completo que
supusiera un ejemplo para los demás; me enseñaron la disciplina en el ámbito del
deporte, una disciplina que sobrepasaba cualquier punto imaginado fuera de ese
ámbito; me exigieron ganar y hacer lo posible para conseguirlo pues era la meta
de todo, la derrota era el desierto estéril de los flojos, de los que no se
esforzaban al máximo. Entre mi casa y el
deporte me colocaron un blindaje y un programa mental sólido que me ha servido
para encarar mi vida como una obligación constante, como una “carrera
profesional” de cumplimiento, de búsqueda de lo mejor para mi entorno familiar
por el que debía darlo todo y hacerlo con satisfacción, con la inmensa
satisfacción -jamás aparecía la palabra felicidad- del deber cumplido.
Hoy, con 60 tacos a cuestas, he descubierto que el mejor consejo
que he podido darles a mis hijas -y se lo he dado – es que no haya nadie más
serio que ellas en el trabajo y que, fuera del trabajo, no haya nadie que se lo
pase mejor y sea más feliz. A lo largo de mi vida he pensado que la felicidad
era -una vez más – un esfuerzo mental, algo que dependía de que yo lo quisiera y
me lo trabajara a fondo, pero hoy creo que la felicidad es algo distinto cuya
esencia no he logrado interiorizar o asimilar. Sí, disfruto de muchas cosas y
me satisfacen otras muchas como mi familia, mis amigos, mi trabajo-cuando sale
bien- mis paseos con los perros por la naturaleza, todo eso me satisface, pero
siempre me queda un paso más que no acabo de dar: lo que me imagino como la
felicidad completa es un estado de absoluta satisfacción desde el que no hay un
futuro, no hay una obligación para luego o para mañana; no hay un deber para
contigo mismo o para con el que sea; ese estado, esa especie de nirvana en el
que solo hay un presente feliz, no lo he conocido nunca: detrás del horizonte
siempre se asoma el mástil del deber, de la obligación, del trabajo, la responsabilidad
y el tiempo hurtado a esos sacros cometidos.
Ni mucho menos me considero un desgraciado, pero sí me
gustaría que si alguien lee esto y le puede ayudar a mandarlo todo al cuerno y
mirar a las nubes sin otro cometido que ser plenamente feliz contemplando sus formas
y sus cambios, que se entregue a esa magnífica felicidad como si no hubiera un
mañana, que no lo hay.
domingo, 4 de noviembre de 2018
Un billete al infinito
Leo -o mejor, disfruto – con la
lectura del libro de un amigo, acontecimiento especialmente feliz que me
permite comprobar que, efectivamente, la teoría de los multiversos es cierta y
que, sin su existencia, hubiera sido imposible la constatación de tanta ignorancia
por mi parte. El universo que describe el libro – Música y Electricidad;
conexiones y cortocircuitos en la era virtual del acelerador de partículas, de
Enrique Helguera de la Villa, Editorial Montesinos – ha transcurrido, casi por completo,
de una forma paralela a mi existencia y este libro pone en evidencia todas mis
carencias, infinitas, en lo que a música se refiere.
He disfrutado por muchos y por
variados motivos, pero hay algo que me gustaría resaltar especialmente: la
enorme carga afectiva, emocional y sensitiva de todos y cada uno de los
artículos seleccionados. Kike – no Enrique ni Kilo en nuestro espacio – se acerca
a los textos desde dos perspectivas distintas: su enorme conocimiento y cultura
musical y, lo más importante, desde su propia experiencia personal; un mundo de
sensaciones y vivencias que quedan muy lejos de mi propia capacidad (Mis 60
años de acrisolada ineficacia al respecto, lo demuestran sobradamente). En sus
textos hay “abismo” ese abismo que reclamaba Paco de Lucía para su propia y egoísta
experiencia.
Cada autor, cada tema es tratado
y analizado desde la emoción, el cariño y el respeto por los artistas y su
entorno social y cultural. Nos acerca con la misma sensibilidad al narcocorrido
como a cualquier otro ritmo desconocido de África o a la experiencia de los
festivales pirenaicos o pequeñas salas, verdaderos tabernáculos de iniciados en
busca de la quintaesencia de la música, para alguno de sus mencionados,
verdadera esencia de dios.
Me gusta que no hay, en contra de
la mención al acelerador de partículas, destrucción alguna en la exposición: es
como si un anatomista nos iluminara los cuerpos y sus misterios respetando la
vida que en ellos habita. No hay dolor, no hay destrucción, sólo admiración y
disfrute contagioso.
Podría decir que lo he leído con
sana envidia, pero eso sería mentir: el poder disfrutar de tan rico universo
como mi amigo disfruta me da una envidia repugnante, viscosa y verde, sin paliativos
ni edulcorantes. En fin, cada cual debe ser consciente de sus limitaciones y
disfrutar de lo que la suerte le otorga: en mi caso, un billete de primera
clase para un recorrido turístico muy interesante por los intrigantes misterios
de un universo ignoto.
Muchas gracias, Kike: enhorabuena
por ser capaz de disfrutar tanto y contarlo tan bien. Un abrazo
sábado, 3 de noviembre de 2018
Es peligroso NO asomarse al exterior
Si hay veces que una imagen vale
más que mil palabras, no es menos cierto que, de forma excepcional, nos encontramos
imágenes que valen mucho más que mil discursos. La Casa Real nos acaba de regalar
una de ellas y no puedo aguantarme las ganas de poner por escrito algunos de
esos discursos por mucho que, como decía Quevedo, “Pues amarga la verdad…”
La Casa Real ha publicado la
fotografía oficial del 80 cumpleaños de la Reina Emérita y de esa foto emanan,
más que discursos, furibundas diatribas que hacen las delicias de los
republicanos -trabajo regalado- y endulzan las horas de los recalcitrantes
monárquicos del ABC ( Por favor, no dejar de leer esta noticia y luego limpiar
el teclado del pegajoso almíbar que rezuma https://www.abc.es/estilo/gente/abci-dona-cristina-vuelve-casa-201811021844_noticia.html)
A mí, que he mantenido una postura blanda y muy racional con la Casa Real y con
la monarquía española, me ha colocado ante el límite de lo aceptable y me
obliga a decir “basta”: ni una humillación más; ni una vergüenza más; ni un
abuso más.
Sencillamente infumable
Si la Casa Real entiende que esa
foto es la que normaliza la realidad de la institución y nos informa de lo que viene a partir de ahora, lo que
yo contesto es que conmigo no cuenten más. Es cierto que las mejores y más avanzadas
democracias europeas comparten el modelo de la monarquía constitucional, pero no
es menos cierto que la profesionalidad e integridad moral de sus representantes
se ha mostrado mucho más fiable que la demostrada por los nuestros.
¿Es posible que, de verdad,
quieran que aceptemos como normal la reconciliación con la tal Cristina y sus chanchullos?
¿De verdad hay que olvidarse de todo lo que se ha sabido sobre Juan Carlos? ¿Es
Felipe el que nos va a conducir a las doradas playas de la integridad moral y la
regeneración institucional? ¿Es que con esa foto pretenden ofrecerse como la
familia ejemplar, la familia “Telerín” de mi infancia?
La verdad, me siento insultado y
ya no quiero transigir más: esa foto es un oprobio, una vergüenza, una
provocación y la consagración de la ignominia para todos nosotros,
sencillamente. Felipe ha consagrado una forma de hacer; un silencio aparatoso y
cómplice de demasiadas cosas; se ha instalado en la introspección dando por
buena esa imagen de “Hola” y papel “couché” por completo ajena a la realidad.
De tanto mirar dentro del palacio de La Zarzuela y escuchar a sus propios
turiferarios, se ha olvidado de que, en este caso y en contra de lo que
recomendaban los antiguos trenes de la RENFE, lo peligroso es NO asomarse al
exterior y buscar aires nuevos; aires de integridad moral, de regeneración institucional,
modernidad en los usos y costumbres, adecuación a las demandas de aquellos que
le rechazan y con los que, seguro, perdería el referéndum del que no quiere oír
hablar. La monarquía española, con esa foto, como resumen y colofón de su
parálisis, se acaba de suicidar y lo que queda por delante, de no cambiar mucho
la corriente, es la completa desafección de la gran mayoría de los ciudadanos; de todos los que, aunque hoy no hayan caído en la cuenta de lo que anuncia esa imagen, irán
viendo y oliendo las apestosas emanaciones de una familia en descomposición que va a contaminar la vida política española con sus miasmas.
Una vez más, los monarcas
españoles le vuelven la espalda a la historia y trabajan de forma denodada para
ganarse el odio y el rechazo de sus conciudadanos, que nunca más súbditos sumisos.
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