sábado, 10 de junio de 2017

Aevum Stupidity (Época de estupidez)

Sala de pulmones de acero

Esto, aviso a los navegantes, es una diatriba (RAE: Discurso o escrito acre y violento contra alguien o algo) que hace tiempo lucha por ser escrita y reclama su atención cada vez que surgen noticias relacionadas con el tema que quiero despellejar: la época de estupidez que vivimos con respecto al conocimiento. Mientras la ciencia avanza de forma rápida, segura, eficaz y circunscrita a sus exactos procedimientos de validación; cuando el conocimiento que ella genera es universalmente accesible a través de internet para cualquiera que se tome la molestia; mientras todo ese mundo avanza inexorable y fiable, el mundo se llena de estúpidos con acceso a los medios de comunicación que pretenden convencernos de que la tierra es plana.

El último de estos cretinos, dolosamente irresponsables y con más peligro que un mono con pistola, ha sido el tal Cárdenas, sujeto que se permite dar pábulo a la duda sobre las vacunas haciendo caso omiso a la más mínima seriedad. Luego ha negado la realidad de tal estupidez y se ha permitido pedir disculpas a una pediatra que, de forma muy amable, tranquila y educada, le hacía ver su estulticia y lo dañino de tal discurso. Hipertextual recopila una lista de famosos que, lejos de centrarse en lo suyo, deciden asentar su intelecto en el campo de la mas abyecta imbecilidad y desbarrar para crear más confusión. Desde el creacinismo de Prada hasta la particular bioquímica de Mercedes Milá pasando por lo que sea Mariló Montero, cuya plasmación ¿intelectual? carece de registro en las tablas de medida. (https://hipertextual.com/2017/06/pseudociencias-famosos-medios)

A todos estos, con especial atención a los que hacen de las vacunas su “delenda est Cartago”, habría que impedirles el acceso a los medios de comunicacion que pretendan alcanzar el calificativo de serios y además, correrles a collejas por idiotas. Me pregunto si alguno de estos iluminados ha tenido un compañero de colegio afectado de parálisis infantil como perenne recuerdo de que las vacunas, además de eficaces, son IMPRESCINDIBLES y no cumplir con su calendario programado para la infancia debería ser, además de una locura, un delito contra la salud pública y causa de la inmediata retirada de la custodia de los hijos. Cada uno de los niños que aparecen en la foto que encabeza esta explosión de cabreo y frustración tuvo que luchar por su vida, por llenar de aire sus pulmones paralizados por la enfermedad y muchos de ellos arrastraron las secuelas toda su vida. ¿Es lo que quieren para sus hijos? ¿Para los míos expuestos a una infección de sarampión o varicela por su culpa? Por su culpa, por no cumplir los calendarios de vacunación, están muriendo niños afectados de enfermedades casi olvidadas: sarampión, varicela, meningitis…¿Hasta cuando lo vamos a permitir? ¿Hasta cuando estos irresponsables van a poder seguir mintiendo descaradamente en favor de qué intereses? Es hora de pararles los pies, es hora de que les caiga el desprecio, el rechazo y la más absoluta ignominia social que imaginarse pueda.

Eso sin entrar en los dominios de esa caterva de estafadores astrólogos, crudiveganos, testigos de jehová que niegan tratamientos a sus hijos, creacionistas que luchan para envenenar la educacion con mentiras demostradas con datos que quieren que todos ignoremos, homeópatas autotitulados y demás cretinos que contaminan esta maravillosa época de conocimiento con consecuencias mortales.


Por favor, todos contra ellos: no hay que darles ni agua. He dicho (Y me he quedado muy a gustito, la verdad)

lunes, 22 de mayo de 2017

El regalo del miedo

Resultado de imagen de psoe

Susana Díaz ha perdido las primarias del PSOE y lo ha hecho con todo a favor: barones, aparato, los medios de comunicación más consolidados (en su deuda, pero consolidados), los ilustres del partido y  la lógica más elemental. Pedro Sánchez, refugiado en su constancia, su fe en la victoria y una imagen propia de los mártires cristianos de más rancia tradición (nada despreciable, ojo: Churchill estaba muerto tras el desastre militar de Gallípolis, que nadie lo olvide ni desprecie la constancia y la resistencia como valor político) les ha pegado un revolcón histórico a todos juntos y ahora queda analizar las razones de tan sonado vuelco político.

Sin ser analista ni presumir de ello, me juego la barba a que todo ese "establishment" no ha sido capaz de darse cuenta del enorme regalo que le han hecho a Pedro Sánchez: le han regalado el miedo, le han abonado el terreno y alimentado sus motores con la energía, enorme, de todos aquellos que están hasta el gorro de la deriva política general y de la izquierda en particular. A Pedro Sánchez le atribuyeron todas las desgracias electorales del PSOE sin darse cuenta de que el nacimiento de Podemos se basa en la enorme indignación de los hijos de la ira y nietos del PSOE. Podemos, con independencia de su capacidad para gestionar adecuadamente ese enorme patrimonio político, nace en la grieta abierta entre un anquilosado aparato del PSOE entregado a lo "políticamente correcto y adecuación posibilista a las exigencias de lo que no molesta al mundo económico" y unas bases cada vez más indignadas con el mundo en general y con sus representantes en particular.

Haciendo buena la máxima conocida que nos garantiza que "el enemigo de mi enemigos mi amigo", Pedro Sánchez se ha levantado como una figura aliada con esas bases y, de forma fundamental, con el rechazo hacia un absurdo de un PP de espaldas a su propia corrupción y a su incapacidad para darse cuenta de que, a pesar de su solidez en las encuestas, los que no le votan ya están hartos de verse esquilmados por una organización que se lo ha llevado todo y que ha jugado sucio con las reglas del actual sistema político.

El miedo general "de los otros", de "los de siempre" ha movido las velas de Pedro Sánchez en contra del viento dominante de una Susana Díaz cuya incapacidad y soberbia se ha visto reflejada en los resultados, más digno s de la dimisión inmediata que de la sórdida venganza anunciada ayer bajo la siniestra máscara de un resentimiento y un odio africano capaz de negarle el nombre al ganador. Su actitud no anuncia nada bueno y augura sangre vertida en la numantina resistencia que sus fieles van a organizar de Despeñaderos hasta el estrecho. Mala entraña la del personaje, la verdad.

Y ahora queda un futuro que Pedro Sanchez debe gestionar demostrando que, además de fe y resistencia, tiene "maneras", capacidad para estructurar un programa de esperanza, una guía social que, de verdad, empieces estructurar los próximos 50 años de este país y al que podamos acudir para estudiar que nos propone. Fácil, lo que se dice fácil, no lo tiene, pero hay dos cosas que le ayudarán mucho: la podredumbre del PSOE y el absurdo en el que se ha instalado Podemos, dirigido por uno de los personajes más deleznables que ha generado la historia política de España.

Que no nos pase ná.

sábado, 6 de mayo de 2017

Conjugar el "pasado perpetuo"



Hay que tratarlos bien, no cortarles el rabo

Decía Alvin Toffler que “el cambio es la forma en la que el futuro penetra en nuestras vidas” y si nos fijamos bien, es una sentencia asumible en la mayoría de los casos siempre que no atendamos a determinadas realidades españolas. España se configura como una relaidad renuente a los cambios; una ciénaga inerte en la que domina aquello del “que inventen ellos” y en la que determinadas conductas buscan la eternidad de un nuevo tiempo verbal: “el pasado perpetuo”.

El pasado perpetuo es adaptativo, plástico, se renueva y se adapta para que sigamos conviviendo con modos sociales que deberían estar desterrados de nuestras vidas desde hace décadas. En pasado perpetuo vive el Valle de los Caídos, la renovación del franquismo o en evolución hacia esa asquerosa “posverdad” que oculta la mentira y que consigue presentarnos al dictador como “un amable anciano” cuidadoso de las formas y muy atento a las modernas tendencias sociales; en pasado perpetuo vive ese mundo vesánico, maquillado hasta el extremo y “viejuno” de la caza con sus falsas convenciones sobre la ecología y la realidad de una naturaleza que la mayoría de sus practicantes desconocen por completo; la realidad de las azafatas neumáticas - muy de actualidad este fin de semana - y en pasado perpetuo viven las siempre constantes divisiones de la izquierda y de los izquierdistas en este país, territorio en el que la izquierda solo se une cuando la reúnen en la cárcel.

De cada uno de estos puntos se pueden escribir tratados completos, pero me voy a restringir a un breve (tranquilo, Jose Luis) comentario sobre tres de ellos: los rabos de los perros y la caza, la guerra civil que vive el PSOE y las chicas neumáticas en las carreras de motos. 

Del primero de ellos cabe preguntarse que interés desmedido tiene el PP en que se mantenga la legalidad de amputar los rabos a los perros de caza en contra de la normativa europea, el sentido común y la más mínima modernidad en la concepción de las relaciones entre hombres y animales.  Es verdad que siempre, pasado perpetuo, el mundo rural ha tratado  a los animales con una crueldad acerada e insensible y que se han mantenido, como si fueran verdades inamovibles, errores de bulto que ahora no se pueden sostener si se quiere respetar la verdad. Lo de cortar los rabos a los perros de caza no viene determinado por mejorar su rendimiento en la caza o preservar su integridad en el ejercicio de su función, no. Los rabos se cortaban porque los animales, encerrados en cuchitriles o atados perpetuamente a una cadena de longitud imposible, acababan, efectivamente, por tener laceraciones en el rabo producidas por el roce contra paredes y alambradas, heridas constantes que se reducían si se amputaba el rabo. Así de simple: el maltrato era el responsable de esas amputaciones, no el cuidado del animal para evitarle heridas mientras cazaban. La cosa es simple y como siempre, el pasado perpetuo se manifiesta equivocado pero resistente. Lo malo es que, en este como en muchos otros casos, lo hace fastidiando y maltratando a los animales que tienen la desgracia de acabar cerca de alguno de esos salvajes temerosos del famoso “efecto látigo” que tanto miedito les  da a los del PP.

Del segundo, las luchas cainitas del PSOE, solo puedo decir que parece que los actuales púgiles hacen honor a la historia del partido y han decidido sacar las navajas para eviscerarse convenientemente sabiendo que “solo puede quedar uno”. No hablan de proyectos o modelos políticos, de la adaptación a los nuevos sistemas de producción en un mundo globalizado e interrelacionado; no sabemos nada de su concepción política sobre España en una Europa que se tambalea y en un mundo cada vez más dinámico y ms desorientado en cuanto a que hacer con los que van quedándose descolgados del pelotón de activos, no: de todo eso ni palabra, que lo único importante es engordarse el ego y ganar, ganar por encima de todos y reinar en el ”trono de hierro” alimentándose de la sangre de los caídos. Eso si que es lealtad al “pasado perpetuo”, eso es coherencia y ganas de seguir el noble hilo de la historia del partido, siempre desgarrado, convulso y envuelto en peleas internas desde su fundación así que, la verdad, no sé de que se extraña el personal. 

En cuanto a las chicas anuncio, debo ponerme serio y lo hago por muchos y buenos motivos. Primero, me gustan las motos y he tenido la suerte de pasear por un circuito admirando la excelencia de todo el montaje que supone un gran premio. Es impresionante la profesionalidad, exactitud, rigurosidad y excelencia de todo lo que allí se manifiuesta: equipos, boxes en los que no se ve ni el más mínimo indicio de desorden; uniformidad impecable, desplazamientos milimetrados y modernidad a raudales hasta que…nos escupen a la cara la imagen antigua, casposa y decolorada, de unas chicas vestidas de porno azafatas perpetuando los cánones de los antiguos calendarios de taller mecánico y cabina de camión Pegaso de los años 60. A ellas se acercan, con los ojos redondos y labios babosos los salidos que quieren hacerse una foto con el “pivón” medio encuerado de la marca de turno. No, eso es mantenerse en el “pasado perpetuo” de una utilización banal del cuerpo de la mujer como escaparate publicitario y no en el ejercicio normal de una función necesaria y desarrollada con toda profesionalidad. Para hacer una promoción no hace falta enseñar hasta las amígdalas encumbrada en unos tacones imposibles al final de unas piernas eternas. Si la función es necesaria, que lo es, se desempeña con profesionalidad y utilizando los estupendos equipamientos que lucen mecánicos y otros profesionales que trabajan en los equipos que patrocinan esas marcas. A eso, nada que objetar y aplaudo el comentario de Dani Pedrosa: si me dan a elegir entre la chica del paraguas y otro mecánico en la parrila, me quedo con el mecánico. 
Así de simple: si la función es necesaria, se hace sobre las bases de dignidad y respeto  hacia esas azafatas que están trabajando y cobrando un dinero por ayudar a las marcas, no por convertirse en imágenes sexuales en los sueños de los salidos que les agarran la cintura. Pasado Perpetuo, una vez más.



sábado, 29 de abril de 2017

De la naturaleza ondulatoria de la libertad

Representación gráfica de una onda

El ser humano se ha preocupado, siempre, sobre la verdadera naturaleza de los fenómenos físicos que se manifiestan en su entorno más próximo, dando lugar al nacimiento e la filosofía y de la ciencia, armas con las que se ha adentrado en los misterios del universo y en los oscuros campos de su propio pensamiento. Hoy, cuando los avances de la ciencia se hacen notar como nunca antes lo pudieron hacer, nos encontramos con ciertas corrientes contrarias a la aceptación de la verdad y, de forma colateral, con un retroceso enorme de la aceptación de la libertad de la sociedad y, lógicamente, de los individuos que la componen. Esta pequeña reflexión trata de averiguar tanto la naturaleza intrínseca de la libertad como el uso que hacemos de  ella en nuestra sociedad y en nuestros posicionamientos individuales.

Si nos atenemos a nuestro país, podemos ver que determinados actos, pensamientos y manifestaciones individuales que eran comunes y socialmente aceptados de forma general, se han convertido en algo perseguido y reprobado por los sectores más conservadores. ¿Que nos ha pasado para que lo que antes era normal y adecuado a los espacios de libertad ganados tras largas décadas de inmovilismo social y oscurantismo religioso? ¿Cómo puede ser que un simple comentario -me niego a calificarlo de chiste dada su poca gracia y pésimo gusto - sobre una figura que desapareció hace décadas dé lugar a un proceso judicial? ¿Puede algún español de los que peinamos canas negar que, a lo largo de su vida, hemos hecho comentarios de mucho peor jaez que los que ahora se persiguen? Las barras de los bares patrios han sido testigos de verdaderas salvadas verbales sobre la muerte del susodicho personaje y sobre otras muchas cuestiones que hoy nos llenan de rechazo y de vergüenza. 

Yo mismo, desde las gradas del Magariños, he pedido a gritos la presencia del Ku Klux Klan, he mandado a las forofas a fregar y le he deseado la peor de las muertes y suplicios varios a muchos árbitros y jugadores de los equipos contrarios. Fruto de la educación recibida, calificábamos de gafotas, gordos, pelotas, maricones y demás epítetos hoy constitutivos de causa por acoso, todo lo que se desviaba de los cánones establecidos. Luego llegaron los años de liberación y España se llenó de color, de diversidad, de tolerancia y de intentos por normalizar lo que siempre había existido por mucho que nuestros educadores lo negaran. Salieran del armario y de la persecución los homosexuales bajo las banderas de las siglas LGTB reivindicando el lógico espacio debido a sus vidas; cada cual siguió sus criterios aceptando o negando la unicidad del pensamiento político y de la concepción religiosa de sus vidas; se abrieron las compuertas de las presas sociales y nos sentimos libres disfrutando de nuestra libertad. Estábamos en la cresta de la ola y la modernidad pilotaba nuestra vidas.

Si la libertad hubiera tenido una naturaleza corpuscular, hubiéramos creado un cuerpo inmenso, rotundo, blindado, imposible de limar o reducir, pero la naturaleza de la libertad nos deparaba la sorpresa de su realidad: la ola seguiría su evolución y bajaríamos hasta el valle de las sombras que ahora habitamos. Sinceramente, jamás pensé que deberíamos preocuparnos de las cuestiones que hoy nos preocupan y lamentar la pérdida de lo que hoy hemos perdido y algunos echamos de menos. La reacción, el descenso camino del valle -cruel coincidencia con el otro valle tan defendido por algunos en contra de la más mínima sensibilidad propia de la condición humana- de la onda nos está volviendo a llenar la vida de tristeza, seriedad, impostura y el silencio de la autocensura en busca de lo "socialmente aceptado" o "políticamente correcto".

Fuera de España, las corrientes contrarias nos regalan titulares escandalosos en los que la reacción triunfa de manera similar a los juicios seguidos contra Galileo, Giordano Bruno, Servet y tantos otros. Los profesores del cinturón de la Biblia de los USA se ven obligados a hablar de Darwin -uno de los intelectos cumbre de  la humanidad- en plano de igualdad con lo que dice "el libro". La universidades no pueden debatir sobre todo, como es su obligación, pues los estudiantes se ven agredidos por la diversidad de pensamiento, escuelas, tendencias, teorías y posibilidades. Es como si la sociedad toda fuera en busca de la uniformidad, del silencio, de la tranquilidad que da el no tener que pensar, tomar postura y abrir ese debate unipersonal que todos realizamos cuando analizamos la información recibida para construir una postura, la nuestra, sobre la realidad.

La ciencia se ve perseguida y cuestionada por el absurdo y si alguien lo duda, que esté atento a lo que va a pasar en poco tiempo con el renacimiento de enfermedades olvidadas gracias alas campañas estatales de vacunación. ¿Razón? La sinrazón de unos inconscientes que llenan las redes sociales de mentiras sobre falsos efectos secundarios de las vacunas. Si quieren saber de los efectos secundarios, que miren las antiguas fotografías de las salas de hospitales rebosantes de pulmones de acero en los que los afectados por la poliomielitis intentaban salvar sus vidas ya siempre condicionadas por miembros paralizados de imposible recuperación.

Volvemos a los valles oscuros de la intolerancia, descendemos a las profundidades de la intransigencia, el debate político se llena de ausencias intelectuales y vivimos ayunos de teorías políticas que nos propongan soluciones válidas para una sociedad que cabalga veloz hacia no sabemos dónde.España se está convirtiendo en un país plano, triste, malencarado y grosero que rechaza las posturas contrarias de forma visceral y por completo carentes de argumentación. Las opiniones medran huérfanas de criterios que las formen y sustenten, pero siempre en la pendiente descendiente de esa onda que condena a la libertad a su actual reducción.

Hoy, por desgracia, la explosión social de los años 80 no sólo sería imposible: hoy llenaría cárceles y juzgados de procesos, sanciones y penas mientras, eso sí, todos buscamos ser correctos y hablar, en el colmo de la estupidez y mojigatería, de ciudadanos y ciudadanas; olvidamos el correcto uso de las reglas del lenguaje con el ánimo de satisfacer...¿Qué satisfacción se busca? La verdad es que no lo sé y además, desprecio aquello que puede verse potenciado por esas prácticas, lo confieso.

La física de la onda nos ha dominado y hoy los comentarios se ven analizados por una policía que, contrariamente a lo que parece sensato, se ve obligada a dedicar sus horas y sus afanes a leer mensajes de 140 caracteres de los que sólo se puede decir que están a la altura de su extensión y de la calidad intelectual de los que los escriben.

Hace años que la pena por esa deriva domina mis reflexiones, pero lo que hemos vivido en las últimas semanas me hace temer lo peor: el triunfo absoluto de la oscuridad y la reacción sobre la libertad, esa libertad que se consolida olvidando lo peor y asentando lo mejor en el espacio común de una sociedad que ara y rotura con cariño ese espacio tan delicado, frágil y rodeado de enemigos por los cuarto puntos cardinales.







jueves, 13 de abril de 2017

CONTRA LA PARED



Que la vida es injusta y un proceso mal parido es algo que llevo diciendo muchos años, pero que, además de esas cualidades cuente con la capacidad de ser una auténtica hija de puta es algo que se demuestra en muchas ocasiones y con especial brillantez cuando se ceba en la suerte de los niños. hace pocas semanas que, de vez en cuando, me asalta un video que se emite -imagino que sin cargo y por la cercanía de algún directivo con la causa, que suele ser la principal razón de tanta solidaridad- en los canales digitales protagonizado por niños enfermos de cáncer. El video es genial y ha sido posible gracias a que el Dúo Dinámico ha donado los derechos de su canción “Resistiré”, algo realmente loable y que ha permitido la creación de una pieza realmente buena y especialmente emotiva.

Confieso que no puedo verlo sin emocionarme y ponerme triste: es algo que me pasa por encima y que, sin embargo, no puedo dejar de ver y detengo de forma fulminante la búsqueda de otros programas en cuanto me encuentro con sus imágenes. Quiere ser alegre, optimista;  quiere transmitir fuerza y energía; quiere que seamos conscientes del esfuerzo de los niños enfermos y de la enorme profesionalidad y entereza de los que los cuidan (Digno de otros miles de páginas elogiosas y largos panegíricos, sin duda) en medio de un ambiente alegre que ellos mismos generan y que se alza por encima de las desgracias diarias que deben llenar sus vidas. Todo perfecto, pero yo me quedo triste, hecho polvo y pensando que, si hay algo injusto en el mundo, es la enfermedad de un niño y que si algo niega la existencia de algo parecido a un dios es, precisamente, esa posibilidad: un niño que muere de cáncer es un insulto, una infamia, una injusticia, un absurdo, una cabronada insigne que no admite más intervención que la tiranía de una proceso, la vida, basada en la destrucción, el azar y el derroche de seres que alimentan a otros seres en un círculo de suma cero que nos devora a todos sin tener en cuenta ningún destino, ningún sentido y sobre todo, ninguna justificación.

El video es un recordatorio constante sobre el absurdo que rige nuestras vidas, siempre sujetas al azar de una enfermedad, una infección, un accidente, una alteración y siempre, siempre, enraizadas en la más absoluta intrascendencia: nuestra vida no le importa a la vida, ella continúa impasible buscando nuevas víctimas, algunas de las cuales argumentan que verse sometidos a esa enloquecida tiranía es “una bendición”. No, la vida no es una bendición, es una putada que, en el caso de las enfermedades infantiles, se muestra todavía más cruel, absurda y despiadada, casi vengativa y sádica.

Tomo el título de uno de los versos de la canción “cuando me pongan contra la pared..” y es que todo lo que el video refleja y desarrolla a mi, personalmente, me pone contra la pared y refuerza por completo y una vez más, lo que he ido acumulando como manual de instrucciones para afrontar ese breve periodo de consciencia que llamamos vida y que está llamado a volver al silencio de la materia inerte y ser, otra vez, polvo de estrellas.

A todos los que intervienen en esa lucha, en esa pelea diaria les deseo lo mejor y especialmente deseo que esa cara que trata de transmitir alegría e ilusión, pierda, para siempre, la oscuridad doliente que puedo ver cada vez que me dice que “la quimio jugando, se pasa volando”. Mucha suerte, mucha fuerza, mucho ánimo y que la vida no se cebe con vosotros. 


Ni es justo ni es comprensible. Por lo menos, para mí.

sábado, 25 de febrero de 2017

CARPE DIEM



El domingo pasado tuve una experiencia que no se muy bien cómo denominar o clasificar. La curiosidad y un encuentro casual me hizo conducir la moto hasta un lugar en el que, hace ya décadas, pasaron muchas cosas que conformaron una gran parte de mi futuro, hoy presente. Tras bajarme de la moto, aparcada fuera del recinto ayer abierto al tráfico de coches, dejé que los pies decidieran qué recorrido seguir en ese  espacio conocido que, como miles de otros muchos que caminaron conmigo, no admitía dudas o pérdidas.
El tiempo había cambiado muchas cosas; los hábitos y el miedo actual han terminado de levantar  estructuras e imposiciones propias de la época: vallas, cercados, barreras, controles…el miedo señorea el recinto de una manera completa: precauciones, temor, prevención propia de un parque zoológico de principios del Siglo XX; niños convertidos en víctimas de una situación social y familiar que condicionará sus vidas imponiendo una especie de esquizofrenia ambivalente entre víctima y verdugo; la dualidad propia de un moderno Jano bifronte que nos recuerda que los que protegemos pueden ser, a su vez, los peores y más sádicos verdugos de sus propios compañeros. ¿Qué ha pasado en una sociedad que demuestra tanto pavor ante aquellos que deben tomar el relevo de una civilización y de una forma de entender el mundo bajo las reglas de la mejor convivencia? Mejor no detenerse demasiado en ese análisis y dejar que la vista y el recuerdo se detengan en los espacios y no en lo que esos espacios nos cuentan de aquellos que los forman y habitan hoy en día. 
Aquellos campos en un estado intermedio entre la actualidad y el recuerdo.

Llegué a los “campos de fuera”, la explanada en la que se juntaba la enorme gusanada de adolescentes emulando las glorias de sus ídolos; héroes locales apenas conocidos fuera de los muros de aquél reducto dedicado a la extravagancia de un deporte por completo contrario a la escueta altura dominante de esa raza de la que tanto nos hablaban.

Abuso del recuerdo de Gerardo Diego, a quien dejo la mejor definición de esa antigua arena gimnástica dedicada al esfuerzo y al sudor de esos meses de Mayo que acababa dominando las pituitarias de las clases de la tarde:

Me he asomado al Instituto, 
a un patio cerrado de cristales.
No hay, sigue no habiendo
columnas rotas, flores,
árboles, frutos de jardín prohibido.
Hay sólo un arbolillo
en condena de asfalto,
unos rapaces -primavera y gesto-
y en el alto el cadalso
-el rollo iba a decir- del baloncesto,
tiesto
para la flor del salto.


Y allí seguían erguidas las canastas -por fin nuevas y de alturas adecuadas- aunque se echaba de menos la querida presencia del “mini”, desterrado de unos campos que transmiten nuevos hábitos más serios y menos masivos de los que imperaban cuando yo era un crío de 12 o 13 años. Estaba todo limpio, más cuidado, más desierto en un domingo en el que me faltaron y añoré las simultáneas celebraciones de partidos -casi misas dominicales de rígida liturgia- con los pitidos cruzados, balones invasores de un campo a otro y el pequeño y controlado caos de espectación, nervios y excitación previos a la culminación del trabajo semanal: el sacrosanto momento de la verdad, El Partido, así, con mayúsculas.  
La nevera tal y como yo la recuerdo

Y entré, por fin, en el primer sagrario,  en “La Nevera” para entregarme, indefenso y entregado, a un estado de estupor que ya no me abandonaría en lo que quedaba de visita: no quedaba nada a lo que yo pudiera agarrarme para colocar mi propio recuerdo en un espacio que había cambiado y que no me alojaba con la calidez que yo esperaba y añoraba; no me abrazaba como me abraza, todavía, la casa familiar cuando voy a pasar una noche aislada. Ya no había distancias que mis pies recordaran para dejarme ir sin pensar y sin atender a los espacios, no había distancias, no había elementos reconocibles, no había colores,..no había nada.

¿Cómo es posible que los espacios no guarden los recuerdos de cómo eran para que el visitante se reconozca en ellos? Ese espacio concreto, la famosa nevera, debería comportarse como una cámara del tiempo, un santuario que mostrara, a cada cual, el aspecto conservado al servicio de sus afanes, aspiraciones, ambiciones, vivencias, triunfos y fracasos, pero no: los espacios son inclementes y cambian levantando nuevos muros y nuevas construcciones sobre los cimientos de recuerdos olvidados que sólo viven en aquellos que todavía los pueden recordar. Fuera de esos recuerdos aislados, egoistas, imperfectos, subjetivos y únicos, no hay nada; no hay un archivo común al que acudir en busca de un momento determinado. Las sociedades tradicionalistas tratan de conferir a los espacios la herencia de pasadas generaciones, como si las paredes pudieran reproducir la grandeza de aquellos, pocos, que fueron grandes, pero el domingo pasado me di cuenta de que eso no es posible, que las instituciones, por mucho que quieran hundir sus raíces y nutrirse del pasado, sólo viven del presente; sólo luchan y pelean con aquello de lo que hoy disponen y los muertos que han sido, los héroes que habitan la gloria del pasado, ya no pelean junto a los que hoy forman sus filas y viven sus afanes.
¿Es posible que quede una cierta forma de hacer o de entender el mundo, una cultura? Solo si los que hacen y fabrican el presente se empeñan en hacer actual aquello que ya pertenece a su recuerdo y a su pasado; solo si el pasado se hace presente a través del afán del día, del minuto, del segundo. Si ese afán se olvida, el pasado se desvanece en la memoria de los muertos y se pierde, así de simple.

Y tras el deslumbramiento de ese primer encuentro con lo perdido, la llegada al Magariños terminó de ponerme frente a la absoluta revelación de lo efímero e intrascendente de nuestros sueños. En ese espacio pasaron muchas horas de mi vida y muchas personas dejaron lo mejor de sí mismas , pero hoy no queda nada de los espacios que recogieron y albergaron tantas cosas que ya sólo permanecen, de forma aisalda e intermitente, en cada una de las memorias que todavía son capaces de recordar.   

Algunos de los más grandes y algún ejemplo ya ido pero jamás olvidado

Fuí allí convocado por el comentario de una amiga que, a su vez, convocaba el recuerdo de alguien muy querido que ya no está y que forma parte de mi propio recuerdo. Una cadena de engramas que permanecerán mientras nuestras neuronas conserven la capacidad de recordar lo que allí pasó, pero ni un segundo más. Hoy son las chicas de ese nuevo Estudiantes las que veo más cercanas a un cándido espíritu de diversión y de deporte que conserva lo mejor de ese absurdo cotidiano que constituye el deporte: entregarse a un empeño efímero que nada aporta, sólo el entretenimiento, el juego y el disfrute que aporta algo tan tonto como tratar de hacer pasar una pelota por un aro colocado en alto en compañía de otros nueve idotas que se lo pasan tan bien como tu haciendo algo tan estúpido.
¡Pero… qué momentos! 
Sólo uno entró en la gloria de la historia, pero otros tres de estos adolescentes desarmados, estuvieron con los mejores en la ACB o "Primera" como se llamaba entonces


Son tan maravillosos que, espero, alguien les haya contado a esas chicas que hoy se esfuerzan en la mismas maderas que yo me esforcé, que no hay ninguna gloria por encima de lo que hoy hacen y a lo que no prestan atención: el esfuerzo de una carrera tras el balón, esa ducha que escurre por la cara agotada tras el esfuerzo de un entrenamiento; la gloria de un tiro que entra haciendo que la red se levante al pasar el balon…esa es la gloria de verdad, la más elevada, la más personal, la más egoísta y…la que de verdad permanece pues no depende de que nadie la confirme: es suya, única y exclusivamente suya y nadie se la podrá arrebatar jamás.

Las sensaciones y las vivencias son tan intensas que años más tarde, cuando las modernas teorías de negocios han intentado que compare la dinámica de un equipo con la dinamica de una oficina, siempre, siempre, he callado como un perro por no humillar a los ponentes al decirles que no hay punto posible en el que establecer comparación alguna. Lo que yo era capaz de vivir y experimentar en una sóla semana de convivencia con los que aparecen en la foto está a años luz de cualquier circunstancia vivida en los muchos años de experiencia laboral que he vivido después de jugar al baloncesto.

¿Y que quiero decir o transmitir con toda esta exposición deshilvanada? Pues algo que ya expresaron los antiguos y que nos habla de lo efímero del empeño humano, de la incertidumbre del mañana, del aprovechar cada segundo de nuestra vida para atesorar experiencias positivas que, mañana, serán el único universo permanente al que acudir en busca de un recuerdo. Y esto no es bueno ni es malo, positivo o negativo, esto es, simplemente ES, sin cualidades o valores añadidos para bien o para mal.

Nada pervive fuera de la memoria de los vivos; nada de lo escrito que no se haya leído conectando con el autor, nada de lo no vivido forma parte de memoria alguna, no hay alternativa. Nuestros recuerdos nos pertenecen y son únicos y eso es todo lo que acaba constituyendo el archivo de nuestras vidas. Si, por casualidad, los archivos se cruzan y crean momentos comunes, la pervivencia se mezcla, pero nada más: cuando los agentes que intervienen en ese archivo, en ese engrama, se van, todo el archivo se desvanece en la nada y nada puede revivirlo. Mientras vivimos, quedan cosas, muchas cosas: quedan amigos de verdad con los que siempre “es ayer” por encima de tiempos y de espacios; quedan vidas enteras que se entrelazan en afectos y lazos que permanecen y crecen día a día; queda amor, queda lealtad, queda una forma de ser y una forma de entender la realidad conforme a lo que hemos aprendido y que va aumentando el archivo, ese archivo compuesto de instantes que nos acompañará hasta el fin y que debemos cuidar y hacer crecer con lo mejor que podamos crear: no hay nada fuera de ese empeño diario, de ese “carpe diem” que hace que nuestra memoria atesore instantes dorados que permenecen incólumenes e intactos por mucho que los espacios y la realidad física que los contiene cambie, se deteriore o desaparezca. 

Así de simple.

In memoriam de los que tuve más cerca:

Jose Luis "Chupi-Vela" Sagi Vela: un grande entre los grandes seres humanos que han pasado por mi vida.
Jesús Codina

12 y 7 de la foto de arriba

Manolo Cabido al frente y controlándolo todo



sábado, 18 de febrero de 2017

Fantasmas y retornos

Lo que Trump no quiere
Este año, 2017, alguien celebrará el centenario de la revolución rusa y el inicio de un fracaso que contaminó la totalidad de la historia futura hasta el presente, momento en el que, de una u otra forma, seguimos pagando la factura de ese fracaso en muy distintas formas. Pero esta efeméride, siendo importante, muy importante, es sólo un hecho aislado, un detalle que da brillo y forma a un inicio de siglo que, con matices y diferencias, nos hace pensar que, a lo mejor, los cien años pasados no han hecho más que avanzar en un círculo que, hoy, nos devuelve a paisajes conocidos, a un idioma dominado por términos y esquemas mentales que nos resultan tristemente familiares y que generan, por lo menos a mí, miedo; muchísimo miedo.
¿Qué hace tan familiar aquél periodo y el inicio de este Siglo XXI? Posiblemente, en términos absolutos, objetivos, fríos y contrastables, nada, pero si atendemos a los matices, a las sugerencias, a los remotos parecidos, a las sensaciones puramente dérmicas, la cosa cambia sustancialmente. Hoy, como ayer, vivimos una crisis económica que es reflejo, motivo y destino, de profundos cambios en los sistemas relacionales entre la empresa y el obrero o trabajador. Hoy, como ayer, los movimientos nacionalistas y proteccionistas adquieren importancia y aspiran a un retorno de las “autarquías” productivas y consumistas que consigan darle la espalda a la promiscuidad comercial impulsada por los gobiernos en los últimos años del pasado siglo.
Hoy, como ayer, los teóricos de las razas se pelean por consagrar la supremacía genética de los unos sobre los otros como hicieron otros ilustres como Henry Ford, sus muchos amigos ignorados y otras insignes testas, algunas coronadas, inglesas herederos de las corrientes eugenésicas muy en boga entonces. Hoy, como ayer, la reacción religiosa reivindica su papel hegemónico como elemento organizador de la sociedad en contra de las evidencias de los avances científicos y lo hacen, cosa grave, desde el poder de un recién constituido gobierno en el país más importante del momento.
Hoy, como ayer, la transparencia aparentemente imposible de un pensamiento simple, directo, elemental, visceral, caótico y ajeno a la más elemental reflexión sobre la realidad, se impone como se impuso en aquella Alemania que no acababa de creer en la verdad de lo que decía aquél estrambótico personaje.
No, vivimos una época en la que la transparencia de la comunicación se ha convertido en el manto que oculta la realidad a base de desnudarla completamente: se dice así porque, simplemente, es así y así se llevará a cabo. Igual que la desnudez del emperador bajo su vestido mágico ocultaba, fundamentalmente, la estupidez de sus súbditos, la simpleza de los mensajes actuales parece ocultar otra realidad subyacente, pero no es así y su perversidad radica, precisamente, en eso, en su desnudez, en su literalidad y en la voluntad del emisor de actuar exactamente como anuncia que actuará.
Hace poco leía El Mundo de Ayer, de Stefan Zweig, maravilloso libro que, con la exquisitez propia de este autor, narra la enorme pérdida de libertad personal que supuso, para los ciudadanos de una Europa apenas soñada, la instauración de los estados y sus fronteras tal y como ahora los conocemos. Nos cuenta la enorme satisfacción de viajar desde Viena hasta la India sin tener que enseñar un papel o un simple pasaporte y la sensación -efímera y perdida- de sentirse ciudadano del mundo en un mundo abierto a la cultura y a la estética del arte y su exaltación como único entorno común a una población educada y ávida de experimentar la dulce conmoción de la novedad, de la creación llevada un paso más allá y de compartir, compartir con otros pueblos y otros idiomas esa enorme satisfacción del descubrimiento, del abandono de lo ya viejo y polvoriento propio del pasado. El Siglo XX nació tacaño, pequeño en sus aspiraciones nacionalistas y tremendamente inoperante en su empeño internacionalista para unir a los trabajadores bajo la bandera del acceso a los bienes materiales. El Siglo XX nos trajo el triunfo y la consagración de los peores vicios y tendencias del hombre: se arrastró de guerra en guerra y de desastre en desastre en una dinámica imparable oculta bajo el manto de una aparente modernidad victoriosa que nos cegaba con el destello de un plástico y una luz resplandeciente que ocultaba la verdad: nada se había perdonado, nada se había olvidado y la reacción seguía acumulando energía a la espera de poder dar el empujón definitivo que hiciera retroceder la historia.
Ese momento ha llegado y la reacción recupera posiciones bajo la dulzura de un lenguaje pervertido que ha conseguido disfrazar la verdad. La realidad de hoy, vieja, conocida, rencorosa, avara y destructiva se viste con los fastos de un lenguaje renovado que ha conseguido engañar a muchos, pero la verdad de sus actos muestra su verdadera naturaleza. Nada nuevo hay bajo el sol y desaparecido el enemigo, la tierra entera se presenta como el nuevo campo de conquista: nada hay fuera del poder y de la ambición del dinero y de la reacción, así que avancemos, conquistemos y dividamos para hacer del enemigo algo pequeño, algo débil al que poder dominar con el mínimo esfuerzo.
Pero so tiene un riesgo y el riesgo es el mismo que hizo de la década de los 40 un periodo maldito: todos quieren ganar y crecer, si bien hoy los terrenos se desdibujan y pierden definición a la hora de concretar. Antes se exigían territorios, hoy se aspira al control de los mercados sin tener que ocupar el terreno con tropas y ciudadanos, pero la guerra es la misma. China, Rusia, EEUU y Europa mueven fichas y peones; se firman y se denuncian tratados; se establecen alianzas y se vigilan los movimientos de cada cual en sus terrenos más próximos tal y como siempre se ha hecho.
Y en esa guerra, es muy importante que los contendientes sean grandes, así que, si podemos redefinir fronteras y hacer que algún grande se deshaga, mucho mejor. Y Europa y sus pequeños nacionalismos se entregan al juego facilitando los movimientos de los grandes mientras le dan la espalda al sueño de ser grande, justo, solidario y depositario de una cultura y una forma de entender el mundo consagrada a los principios que la hicieron grande y que tantas vidas costaron.
No, la cosa no funciona y los fantasmas de un pasado tenebroso nos lanzan mensajes, se hacen corpóreos y dirigen las grandes tendencias de nuestro mundo con la misma vocación de siempre: evitar la evolución del ser humano hacia la grandeza espiritual, condenarnos a ver perdurar lo peor de nuestras raíces animales y animistas; quieren que nos entreguemos a la conocida danza del fuego alimentando las llamas con nuestra propia sangre como siempre se ha hecho.
La comparación de los siglos nos deja un panorama oscuro y lejano al optimismo, lo siento. Si al analizar la realidad de esta sociedad tecnolescente decía que la búsqueda de modelos estables era algo fundamental a la hora de explicar el estupor de las nuevas generaciones, me temo que, al analizar las semejanzas de los dos últimos siglos, el modelo que se pone de manifiesto y el que se revela como más accesible, es el de la destrucción y el retroceso; el mismo que la humanidad tiende a abrazar en los grandes momentos de duda. Parece que lo que mejor se nos da es abrazar la destrucción y eso nos otorga una cierta sensación de seguridad: si tengo un enemigo, ya se lo que tengo que hacer y lo hago de forma inmediata. Se monta una buena guerra y eso lo aclara todo sin tener que pensar demasiado.
Hoy llamamos “populismo” a lo que siempre se ha llamado fascismo sabiendo, perfectamente, a qué nos referíamos; llamábamos mentira a lo que hoy quieren bautizar como “posverdad” y en ese largo languidecer y degenerar del lenguaje nos van introduciendo, anestesiados y conformes, toda esa basura intelectual que acaba por conquistar mentes y espíritus. Lo público debe morir, el beneficio de las grandes corporaciones debe ser el único objetivo y el ciudadano debe ser transformado en súbdito y cliente cautivo, que eso de la libertad individual y el posicionamiento crítico trae malas consecuencias.

No, quieren restringir el ser humano al ámbito de determinadas fronteras con el fin de poder clasificarlo y jerarquizar sus derechos y su capacidad de actuar con libertad, que hasta ahí podríamos llegar. No todos somos iguales, por si no ha quedado claro, que todavía hay clases. Cualquier sueño de verdadera globalización; cualquier intento de universalizar las libertades, cualquier corriente que aspire a consagrar al ser humano como habitante de un único mundo está condenada de antemano y es enemiga declarada de los de siempre, sin discusión. Nada nuevo bajo el sol.