sábado, 14 de enero de 2017

LA SOCIEDAD TECNOLESCENTE



Hace tiempo que vengo dando vueltas a la necesidad de encontrar explicación a algo que, para mí, constituye un misterio y que he venido observando en conversaciones dispersas con compañeros de trabajo y otras fuentes que no pueden catalogarse como estructuradas o metódicas, pero que suelen llevarme a la misma pregunta: ¿qué hay debajo de la enorme dificultad que encuentran los jóvenes para estructurar sus relaciones personales conforme a patrones sencillos, estables y más o menos tradicionales? Esta nota trata de centrarse en el misterio bajo una denominación casual que acuñé hace meses como algo informal y que, a la larga, ha retornado como un término lleno de significado; como paradigma de un periodo vital en el que el ser humano busca referentes adultos a los que orientar sus preferencias según lo que, se espera, sea su mundo futuro como adulto: la adolescencia.

No se trata de analizar punto por punto todos y cada uno de los elementos conductuales que caracterizan la adolescencia, pero sí de comparar los grandes rasgos de ese periodo en relación con lo que, ahora mismo, constituye el futuro de una sociedad que acaba de iniciar su camino dentro de una revolución que se está llevando por delante el mundo tal y como lo hemos conocido hasta el momento. Estamos en el inicio de una carrera cuya velocidad aumenta de manera exponencial y que, todavía, no ha mostrado con claridad el destino final de esos cambios. 1993 puede situarse como el punto de salida, la gran explosión que lo ha cambiado todo sobre la base de una nueva tecnología cuya expansión global lo ha cambiado todo. Si a esa explosión de internet y sus consecuencias añadimos los efectos de una crisis económica brutal y sus muchas derivadas, (1) podemos darnos cuenta, sin demasiado esfuerzo, que el futuro de los que ahora transitan entre los 20 y los 30 años, se constituye como un territorio móvil, sin patrones estables que dificultan enormemente la aceptación de un referente sobre el que orientar la propia vida.

La tecnología es la base actual sobre la que se construye todo, incluyendo en el término los enormes avances de la ciencia cuyas manifestaciones prácticas se incorporan a la realidad tecnológica de uso cotidiano con una rapidez impensable. Es, con esa idea y con esa perspectiva, desde la que me acerco a intentar comprender lo que otros, mucho más jóvenes, deben estar viviendo y las consecuencias que sobre sus vidas tiene un mundo que les escamotea el futuro entre una espesa niebla de cambios y referencias inestables que desorientan y confunden la toma de decisiones.

Parece que, como sociedad, dejamos atrás la época del carbón y su revolución industrial para abrazar, de lleno, la era de las aplicaciones tecnológicas que globalizan al individuo para colocarlo fuera de cualquier frontera o barrera espacial que fije su pertenencia definitiva a un  marco social establecido y similar al que habitaron generaciones pasadas. No podemos hablar de una geografía restringida y permanente como lugar al que sumarse como individuo “perteneciente a” , circunstancia a la que hay que sumar los cambios en los modelos relacionales entre sujetos que abren el catálogo de posibilidades a nuevas formas de convivencia y preferencia sexual mucho más amplio del que existía antaño y la voladura, descontrolada, de los modelos de relación laboral que sustentaron el crecimiento económico de las clases medias desde mediados del Siglo XX.

Sumado todo y construido un panorama global en el que el individuo debe afrontar la toma de las grandes decisiones que conformarán su futuro, no es extraño que nos encontremos con un grupo de edad desnortado, confuso y carente de elementos con los que construir su propia identidad.Y además: eso no es todo, pues los cambios, en el caso concreto de España, también afectan, y mucho, a los roles atribuidos al género del sujeto aumentando el caos de una manera significativa debido a la permanencia de estereotipos machistas en una sociedad que parece retroceder hacia la seguridad de esquemas que muchos, equivocadamente, creímos superados y olvidados.

El ser, hoy, hombre o mujer en España añade, como en otras culturas históricamente dominadas por “el macho”, un elemento más a la sensación de pérdida con la que los sujetos viven ese periodo de cambio y de búsqueda; un problema más al que encontrar solución sin un manual de instrucciones validado por la experiencia pasada o por los elementos de referencia cultural que se hayan validado históricamente. Y como la mujer y el hombre pueden hacer lo mismo, pero de manera distinta, nos encontramos con una separación muy bien definida entre las conductas femeninas y masculinas, esas que, necesitadas de lo mismo, viven el cambio con consecuencias muy distintas.

Para ellos, educados en la obligación de adoptar patrones de guía y responsabilidad total sobre su vida y la de su familia, la realidad de la mujer actual, libre, educada, formada y sujeto que se percibe en plano de absoluta igualdad con el hombre, esto supone un reto que les coloca a la defensiva y les genera una inseguridad que, en muchos casos, genera un patrón de violencia como rechazo a esa dinámica de pérdida.(2) Parecen vivir esa circunstancia como una nueva pérdida que les roba otra línea definida con la que dibujar su futuro. 

Para ellas el problema es distinto: ¿dónde, cómo y según que patrones estables anclar sus decisiones de forma segura para construir su vida y, en el caso de que así se dese, tener hijos dentro de un núcleo que garantice la viabilidad de su estructura familiar? (No olvidemos que, hoy en día, la mujer como único elemento parental, es algo habitual y que ofrece una posibilidad más dentro de ese amplio catálogo de opciones que hace del macho un elemento “accesorio” y voluntario, nunca necesario).

Hace décadas que el acceso al sexo dejó de ser consecuencia del establecimiento de lazos sociales permanentes; el sexo es una elección libérrima que no ata ni construye una relación estable; es catalogado y asumido como una satisfacción orgánica que no implica nada, ni para ellos ni para ellas, situación que deja al “macho” fuera de cualquier terreno próximo al compromiso y al condicionamiento de su futuro como “padre” o como figura sustentadora de la unidad familiar.

No, no hay patrones, no hay mapas con rutas conocidas que nos lleven al futuro y, a diferencia de lo que otros vivimos, no hay compromisos laborales o personales estables. Mi generación se entregó a la tarea de trabajar en la falsa idea de que trabajando bien, siendo honesto y dedicando lo mejor de nosotros mismos al trabajo por encima de cualquier otra cosa, el pacto se respetaría y “la empresa” no nos dejaría tirados en las cunetas del futuro. Craso error que los jóvenes ven con claridad y que tampoco les ofrece solución: la fuerza laboral es prescindible, intercambiable, disponible en cualquier lugar y a cualquier precio. El trabajador es un coste fijo en la cadena de valr del producto que hay que tratar de disminuir constantemente sin que haya protección alguna por parte de sindicatos, organizaciones o gobiernos, todos entregados a la causa y atados de pies y manos, inertes ante el poder del dinero.

¿Cómo van a estructurar estos jóvenes, ellos y ellas, una relación de pareja estable, comprometida, feliz y positiva si no hay nada que les permita tomar decisiones razonables que construyan un futuro medianamente claro? La sociedad vive, ahora, las primeras etapas de un tránsito dominado por la tecnología que no ha hecho más que empezar y cuyo desarrollo se presenta todavía más convulso, difuso y carente de patrones sobre los que construir nada, salvo la necesidad de una adaptación y un aprendizaje constante. Esto es lo mismo que vaticinar la prolongación de la adolescencia social “sine die” y asumir las consecuencias que tal estado de indefinición nos asegura. Sólo aquellos los que se sientan seguros en la inseguridad, los escasos navegantes de tormentas feroces, podrán atreverse a diseñar y decidir sobre su futuro sabiendo que su única decisión real es evolucionar y sobrevivir el tiempo que les permitan sus habilidades hasta que llegue el naufragio y la obsolescencia de las habilidades que les hayan permitido sobrevivir hasta ese momento. 

El estereotipo de las relaciones de pareja no es, hoy en día, nada más que un modelo que se va alejando de la realidad a marchas forzadas, pues los requisitos que los hacían posibles se van esfumando de la realidad cotidiana con mucha rapidez. Hoy se puede disfrutar, sin problemas, de un pálido reflejo de lo que es la convivencia en pareja que mi generación ha conocido: el sexo es accesible y múltiple; la convivencia esporádica también, pero sin aceptar sus reglas básicas de compromiso, construcción y el necesario esfuerzo común para la generación de un futuro deseado por ambos. Todo eso es pasado, hoy debemos adaptarnos al AQUÍ, AHORA Y EN ESTAS CIRCUNSTANCIAS ¿Mañana? Quien sabe.

Así las cosas, la pareja tradicional se presenta como una búsqueda complicada, una cacería del último unicornio, un empeño poco menos que imposible mientras no se puedan generar patrones temporales estables y prolongados en el tiempo. Es necesario que todo se asiente, que el torrente que nos lleva a toda velocidad genere remansos en los que se pueda asentar el aprendizaje y permitir la adopción de decisiones que permitan al sujeto sentirse “dueño de su destino” gracias al aprendizaje de las normas de una nueva sociedad, esa que se está creando y que ,todavía, no las ha generado.

A diferencia de otros periodos históricos que necesitaron el enorme esfuerzo de generaciones enteras para la reconstrucción y regeneración, esta generación no puede plantearse construir si no tiene los patrones de construcción que esas generaciones pasadas sí tuvieron. A la obra actual de los jóvenes llegan materiales dispersos y bocetos borrosos; tareas mezcladas que nadie sabe bien cómo asumir y desarrollar; lo que hoy se construye mañana ha quedado arrumbado, obsoleto y despreciado, las herramientas y los oficios cambian en poco tiempo y así, todos lo sabemos, es imposible construir nada. Los antiguos pretendientes de Penélope ya lo sabían desde tiempos de Homero, no es nada nuevo.

Y por si todo eso fuera poco, y ciñéndonos al caso de España, la educación recibida, sobreprotectora y en muchos casos nociva, no ayuda. (3) Muchos -por supuesto que no todos- no han sido educados y templados según un esquema de dureza que les permitiera afrontar los agotadores esfuerzos de la lucha diaria según lo que, otros, hemos considerado normal. Muchos, repito que no todos, no han tenido que afrontar con normalidad la frustración de “no tener”, de ganar y perder en el normal juego de la vida. Sus padres han hecho de capa protectora frente a las inclemencias de la vida normal, no les han puesto límites y reglas definidas, no han acompañado su desarrollo personal y facilitado el distanciamiento y el desarrollo de sus capacidades e independencia. Han sido llevados y traídos, lo han disfrutado todo sin el normal trabajo de ganarlo y eso ha construido un pobre aprendizaje. Hoy se ven solos ante el peligro, no les han dado las armas necesarias para pelear en una sociedad que cada vez exige más a cambio de menos y muchos, no todos, se entregan a un estado de permanente perplejidad abrazados a su condición de “ni-nis” mientras disfrutan de la perversa, y aparentemente eterna, seguidad de sus hogares paternos,la misma que nada les reclama y nada les exige ni enseña.

Vivimos una época muy exigente para todos, una época que, a los más mayores nos tiene en un disparadero constante cuyo blanco es la exclusión de la vida laboral y que, a los más jóvenes, les pide firmar un contrato en blanco a cambio de muy poco; pero ese muy poco debe ser considerado como “la posibilidad de hacerse un sitio”, pues fuera del circuito, en las cunetas, no hay nada, solo confusión, desánimo y una frustración que no saben manejar.

Y, como siempre, en esta confusión, en este caos, en medio de todo esto que nos descoloca y sorprende, hay esperanza y hay futuro para los que asuman su posición de forma comprometida y consciente, para los que se entregan a la tarea de construir su futuro con dedicación y compromiso -bien sea de forma individual o en pareja- sabiendo que cada día es una oportunidad para crear su propia realidad de forma positiva; que cada hora es un espacio para crear una realidad mejor para “el otro”, no un momento en el que exigirlo todo sin implicarse y que debemos estar dispuestos a darlo todo a cambio de nada. Si esa dinámica se instala en el interior de los sujetos y se asume sabiendo que les brindará la oportunidad de disfrutar un tiempo esplendoroso, la idea de que sea o no permanente, dejará de ser la piedra angular del modelo asumido. Puede ser corto o largo, pero siempre debe ser pleno, positivo y asumido con ansias de eternidad. vamos, un poco como siempre lo hemos vivido todos los que pasamos antes.

La sociedad puede ser tecnolescente y caótica -que lo es- pero los individuos podemos construir un mundo subjetivo sólido y capaz de luchar contra “el exterior”, ese infierno de Sartre constituido por “los otros” que siempre conspiran para derrotarnos y robarnos todo lo bueno que puedan arrebatarnos. Los que hoy miran su realidad en busca de futuro deben ser conscientes de que siempre, en cualquier época de la historia, otros muchos han sentido algo parecido, pero que asumiendo la necesidad del esfuerzo, del compromiso con uno mismo y buscando la colaboración de los que se hayan igualmente comprometidos en ese esfuerzo, la sensación de felicidad es posible y la vida cotidiana es más agradable. 

Hay muchas razones para la desesperanza y para el pesimismo, pero si volvemos la vista atrás, siempre las ha habido y el ser humano lleva milenios sobre la tierra construyendo su autodestrucción, que llegará algún día sin que eso sea razón para que nos entreguemos sin luchar al enemigo. (4) Y la lucha debe encaminarse a la autorealización, solos, en pareja o como se quiera, pero siempre partiendo de la base de cumplir como los buenos, de darlo todo y de mirar hacia adelante sabiendo que, mientras el compromiso permanezca, los que luchan juntos en el frente, son conscientes de que el enemigo está delante, no al lado. Eso sí: hay que elegir bien al compañero y si no lo hay, ponerse las pilas para hacer de este corto espacio de autoconciencia que llamamos vida, un lugar medianamente habitable.

         (1) Una de las consecuencias directas de la crisis económica podemos concentrarla en la afirmación que nos asegura “que se ha demostrado que el avance lineal de la historia es una falsedad”. Efectivamente, las fuerzas de la reacción han tomado impulso y arrasan con todo lo que pueden y han coseguido desmantelar una importantísima parte de las conquistas sociales de los trabajadores.


        (2)  La permanencia de los patrones claramente machistas en el seno de familias, educadores e           instituciones es    realmente preocupante y sorprendente. Algo que parecía en franca retirada, permanece y recupera posiciones sin que la sociedad reaccione con intensidad ante el ataque. No sólo el Islam cuenta con el “respeto” debido a la libertad religiosa políticamente correcta, no: Rusia quiere eliminar la agresión machista de la lista de delitos y son muchas las mujeres que, todavía hoy, no educan igual a sus hijos de distiinto sexo. El chico mantiene privilegios inexplicables. Parece que eliminar el machismo no es sólo cosa de hombres, las mujeres deben plantearse el tema de forma muy seria.

 (3) Recomiendo leer el artículo de Berta G. de la Vega en El Mundo (http://www.elmundo.es/papel/todologia/2017/01/11/5874d407268e3e6f3a8b45bc.html) Muy acertadamente, pone de manifiesto la falta de “fibra moral” de unas generaciones sobreprotegidas a las que se ha educado en la incapacidad para valerse por sí mismos.


        (4) Si analizamos la historia, podemos ver que la situación normal de humanidad ha sido la guerra y la necesidad de afrontar cambios radicales que afectan a poblaciones enteras. No podemos imaginar las consecuencias de la llegada de César a las Galias de la misma manera que pensar en ser invadido por los Mongoles de Gengis Khan y su concepto de conquista está fuera de nuestras peores pesadillas. Por hablar de alguna época más cercana, tampoco, con nuestros ojos, podemos darnos cuenta de lo que significó la revolución industrial para los integrantes de ese proletariado inhumano que los arrancó de granjas y cultivos. No, la historia es guerra, cambio y destruccion, de manera que no podemos conformarnos con pensar que este cambio es peor; simplemente es distinto y los que lo viven deben ser conscientes de su responsabilidad a la hora conseguir que no lo arrase todo como hasta ahora.

sábado, 7 de enero de 2017

La sociedad de la desinformación


Esta reflexión se escribe en un ordenador portátil conectado a internet en el que suena, gracias a las prestaciones de la red, una recopilación de las mejores arias de María Callas, una maravilla conservada en “la nube” y accesible a cualquiera que quiera pasar un buen rato, de la misma manera que se ofrece, abierto al mundo, un inmenso acervo cultural que era impensable, inaccesible e inmanejable para nuestros ancestros. Nunca, como ahora, el mundo se ofrecía, servil y dócil, para llegar a nosotros mediante el simple y sencillo acto de apretar el botón de un adminículo electrónico. Nada que objetar a ese respecto pues el denominador común de todo ese nuevo universo puede catalogarse como positivo, pero…y siempre hay un pero, en ese universo cabe todo, como siempre: lo bueno y lo malo y además, el medio, el entorno físico y cognitivo en el que debemos integrarnos para disfrutar de sus ventajas y maravillas, tiene un código que nos condiciona y que nos genera algunas contradicciones.
Si hacemos caso al siempre vigente Marshall McLuhan y su famoso “el mensaje es el medio”, veremos, al analizar la génesis de la actual WWW – no confundir con la previa “internet” – que la razón de su generación se basó en la posibilidad de:
a.- transmitir información gráfica
b.- relacionar contenidos mediante enlaces directos
el primer objetivo nos habla de una información transmitida a través de códigos visuales cuya implicación cognitiva es diferente a los procesos seguidos en el análisis de la información textual. El segundo punto nos ofrece la posibilidad de saltar de un documento a otro, de un concepto a otro en un entorno -el ordenador – por completo ajeno al universo tradicional de transmisión cultural: el libro de papel, el documento físico sobre el que siempre se había transmitido la cultura.
El primero nos pone a trabajar según capacidades fisiológicas completamente distintas de las que usamos en el análisis de los textos y del lenguaje escrito. El soporte de la información es distinto y nuestros procesos de análisis también, de manera que ponemos a trabajar áreas del cerebro distintas a las que se han potenciado en el ambiente cultural durante siglos y el segundo, ataca frontalmente el proceso de análisis exhaustivo y la reflexión propia de la profundización en los conceptos inherentes a la lectura de un libro aislado. Somos nosotros los que, en el caso del libro, procesamos, almacenamos y RELACIONAMOS la información recibida conforme a lo que conocemos del tema gracias a los contenidos almacenados en nuestra memoria. Este proceso nos puede llevar a situaciones geniales propias de aquellos que supieron poner en conexión diferentes aspectos o perfiles de una realidad desconocida previamente y que pudo estructurarse gracias a la intuición, chispa o especiales cualidades de los pocos que supieron ver una unidad en aquello en lo que otros sólo pudieron acercarse a la contemplación de realidades parciales ajenas al conjunto. Ellos crearon o descubrieron las relaciones ocultas sin que nadie les sugiriera un camino prestablecido como ahora ocurre con los hipertextos, esos subrayados azules que salpican cualquier trabajo serio y que nos condenan a seguir caminos ya trillados y por otros establecidos. Es más, seguimos ese camino dando por hecho la validez del trabajo sugerido; nos entregamos a una verdad o realidad establecida por otros mientras que, en el caso de los libros y los trabajos universitarios, estamos sujetos a cumplir con la académica suspicacia que nos obliga a seleccionar trabajos, investigaciones y metodologías con la desconfianza de un mercader fenicio buscando ocultos engaños en la mercancía ofrecida.
Así pues, la actual realidad “virtual” nos obliga a usar capacidades distintas y metodologías de análisis empobrecidas con respecto a lo que el ser humano ha venido haciendo desde el descubrimiento de la escritura y por ende, de la transmisión de los conocimientos adquiridos de generación en generación. Y además, nos obliga a hacerlo a una velocidad sorprendente y poco adecuada a la biología en cuanto a elemento determinante de la generación de terminología y sedimentación de los enormes caudales de información disponibles: no tenemos tiempo -tiempo de vida – suficiente como para nombrar, discernir, analizar, relacionar, procesar y sedimentar todo lo que nos llega para formar criterios y posturas ante lo que estamos viviendo: nos hemos convertido en ciegos dentro de un universo lumínico de tan alta intensidad que nos impide discernir el detalle con claridad, estamos perpetuamente deslumbrados por nuevos destellos cegadores que nos impulsan a movernos en nuestra pequeña vida dando tumbos de un obstáculo a otro sin que podamos anticipar nuestros movimientos y evitar los tropezones.
Desde hace poco más de 20 años vivimos un cambio en los paradigmas que dominan la transmisión cultural mucho más importante que el cambio derivado del imperio de la televisión, verdadera carga de profundidad contra la información transmitida a través del texto escrito en papel. Y adaptarnos a ese cambio nos va a consumir tiempo, un tiempo que ya no tenemos, un tiempo que nos arrolla y nos desborda en forma de un incontenible alud informativo cuyas cualidades vienen mezcladas y entrelazadas; un alud que lo cambia todo ante la inercia de todos y la pasividad de casi todos con excepción de los pocos que se alzan contra alguna de las funestas consecuencias que ya empiezan a consolidarse como parte de nuestras vidas. Personalmente, estoy en lucha contra alguna de esas nuevas realidades que todos aceptan como normales y a mí me generan una cierta neurosis existencial de complicada digestión:
La primera de ellas es la degeneración del lenguaje, arrastrado hacia una pendiente de pérdida en cuanto a su extensión y también, aspecto especialmente peligroso, en cuanto a la correcta transmisión de los conceptos soportados por la palabra. El primero de estos peligros viene determinado por dos cuestiones fundamentales:
1º.- la falta de lectura y aprendizaje de las palabras que definen nuestro universo -cuánto mal han hecho los planes de educación empobrecidos y vacíos de contenidos antes considerados básicos – por la falta de cultura general inherente a la lectura y al dominio del entorno físico y
2º.- por la velocidad y evanescencia de los términos acuñados sobre las exigencias de esa nueva realidad tecnológica, siempre efímera y siempre cambiante; una realidad que obliga a conocer y abandonar terminologías relacionadas con realidades que no perduran ni acaban de asentarse en el universo cotidiano de la comunicación del común de los mortales.
Ambas tendencias nos hacen más pobres, más vulnerables ante la realidad y, sobre todo, hacen que nuestro universo sea más pequeño cada día. Cuando perdemos la palabra, perdemos el concepto y esa parte de la realidad con la que somos capaces de definirlo, asumirlo e interiorizarlo para aumentar nuestra concepción del mundo y de sus reglas, de su realidad completa. No parece que los especialistas tengan duda sobre eso, de manera que los nuevos estudiantes ven mermada tanto su capacidad de comprensión como su capacidad de expresar aquello que, con un léxico más rico, podría facilitarles la transmisión de nuevas ideas propias de un mundo tan complejo como el que ahora nos hace accesible la tecnología. Respecto a la evanescencia y falta de permanencia de las nuevas palabras -normalmente anglicismos de dudosa definición y aceptación universal – sólo puedo decir que, en mi día a día, sufro las consecuencias de esa falta de vigencia en forma de discursos confusos cuyo significado es tan disforme como el número de receptores que se ven sometidos a él. Un verdadero babel de interpretadores que acaban confundidos, inertes y pasivos sin saber bien a qué atenerse con respecto a la idea que se ha tratado, sin éxito, de transmitir. Un verdadero sin sentido que domina muchas de las facetas de la actual actividad empresarial.
Este último punto se relaciona íntimamente con el segundo apartado que mencionaba arriba sobre la “degradación de los significados y los términos”, algo que en los últimos años ha sido especialidad de los políticos y su capacidad para negar y rehusar la realidad de sus manifestaciones públicas. Esto, que no debería pasar del estado de “intento de engaño” debidamente corregido por la prensa, se ha consentido y apoyado sin descanso hasta generar una realidad lingüística paralela que ya nadie es capaz de acotar y reorientar hacia el sencillo uso del diccionario. Han conseguido tomarnos el pelo y hacer claudicar al lenguaje ante sus espurios intereses políticos sin que nadie nos defienda mediante el sencillo truco de usar el diccionario de la RAE de sencilla consulta a través de su página web.
La desidia ha llegado a tal extremo que hemos podido ver la consagración de términos tan absurdos como el de “posverdad” cuya definición en la famosa Wikipedia nos informa: “es un neologismo que describe la situación en la cual, a la hora de crear y modelar opinión pública, los hechos objetivos tienen menos influencia que las apelaciones a las emociones y a las creencias personales”. Es decir: una mentira; simple, llana y asquerosa mentira sin más. ¿Somos tontos? ¿Vamos a consentir que esa tendencia nos lleve a dejar que una creencia se asiente como verdad en función de que cualquier loco fanático se empeñe en decir que la tierra es plana porque sus creencias así lo exigen? ¿Vamos a dejar que se eluda la verdad en función de que esa realidad le resulte incómoda al primer mentiroso que vea ventaja en su negación? Tristemente, parece que estamos dispuestos a rendirnos sin luchar la plaza y abrir las puertas del triunfo a cualquiera que niegue su mentira y acuda a un nuevo término tan abyecto como el que encierra tan nocivo palabro.
Cabalgando esa degradación del lenguaje también se ha colado un invitado perverso en este nuevo universo definido por la tecnología: la falsedad, la mentira interesada, el bulo y la información falaz o no contrastada. Derribadas las barreras de la realidad y la verdad, estamos sometidos al constante ataque de la mentira que impera sobre cualquier debate público sin que haya mecanismos que nos defiendan de sus consecuencias. ¿Ejemplos? Tenemos muchos, desde la sustentación de la argumentación en favor de la independencia de Cataluña, al Breixit o el triunfo de Donald Trump apoyado en las constantes mentiras de medios electrónicos cuya única vocación se ha manifestado en el lanzamiento de mentiras que favorecían sus delirios hasta el punto de poner en marcha el debate sobre la necesidad de poder controlar la difusión pública de tamaños engaños malintencionados.
La realidad es preocupante y lo es porque, si bien nunca ha habido más y mejor información accesible, parece que el grueso de la población ha decidido entregarse al abandono de la excelencia como meta. En paralelo a una élite universitaria con una preparación exquisita, convive una masa adocenada que no hace el esfuerzo de elegir lo bueno en detrimento de lo malo; una masa inerte e indefensa por su incapacidad -voluntaria – para formarse y elegir contenidos ricos y satisfactorios dando ventaja a … ¿qué consume esa masa que vive de espaldas a los libros, a la búsqueda de la verdad, a la excelencia del arte a su alcance; ignorante de todo pero con opiniones basadas en mentiras interesadas? Personalmente no lo sé, intuyo que consumen basura generada en televisiones y páginas de internet que les permiten reforzar esas opiniones dándoles informaciones tendenciosas y “a medida” de sus propios intereses, pero no tengo datos reales sobre esa penosa realidad ni de la satisfacción que ese consumo endogámico, empobrecido y miserable les puede dar, pero los indicios son preocupantes, la verdad.
Vivimos una sociedad voluntariamente desinformada e inerte justo cuando la realidad de la tecnología y las comunicaciones debería conseguir todo lo contrario. Contradicciones del género humano. Sic transit gloria mundi.


viernes, 9 de diciembre de 2016

CRIANDO MONSTRUOS

Al cartel le falta la indicación 
"MAL EDUCADOS"


Las señales se dejan ver desde hace tiempo sin que nadie, al parecer, quiera profundizar en el significado y en las nefastas consecuencias que anuncian. En los últimos veinte años los niños y los adolescentes de este país parecen haber perdido el norte y cada día, con más frecuencia, sus actos y sus desvaríos ocupan titulares de prensa que llaman poderosamente la atención. Curiosamente, la mayoría de los textos que desarrollan los titulares cargan la mano pidiendo medidas que afectan a muchas áreas de la vida social y colectiva, pero pocos, demasiado pocos, dirigen sus reclamaciones y sus demandas hacia el principal núcleo de socialización de esos adolescentes sin rumbo: Los padres.

Hace poco, demasiado poco, una niña fallecía por una intoxicación etílica con trece años con el agravante, impensable, de que no era ni la primera ni la segunda vez que había tenido episodios de borracheras con el pleno conocimiento de sus padres. Si inacción al respecto, su comprensión, su aceptación de un hecho tan nefasto y tan perjudicial para la vida de su hija es, desde mi punto de vista, un hecho doloso que debería ser considerado como tal a la hora de buscar causas y responsabilidades. Lo malo es que, a esa edad, a los trece o quince años, el daño ya está hecho y el proceso educativo y de socialización ha alcanzado un estado en el que las bases del error se han consolidado demasiado. 

El proceso educativo empieza en los primeros meses de vida del niño, esos en los que empieza a d¡saber que hay determinadas normas de comportamiento básico que deben cumplirse para obtener las recompensas normales de la vida en ese estado: atención, afectividad, juego, cariño, comida, satisfacción etc, algo muy básico cuya consolidación e interiorización demanda una atención y una lucha constante que, según muchos hemos comprobado, requiere un esfuerzo permanente y diario. Todos sabemos lo pesado y lo frustrante que es recordar todos los días exactamente las mismas normas, esa sensación de “este niño no se entera” que da paso a “este niño es un enemigo mortal que se entera perfectamente y me busca las debilidades con la frialdad de un asesino psicópata”. Por  mucho que autores y corrientes nos hablen de las bondades de la infancia, no se nos debe olvidar que la tendencia natural del niño, y de todo organismo inteligente, es la de hacer su santa voluntad de forma inmediata e ineludible y que, si esa tendencia choca con la norma establecida, lucha a muerte contra ella.

Los padres tienen el máximo poder sobre un niño de dos años y, sin embargo, hace tiempo que se oyen cantilenas del estilo “no sé que hacer con él”, “me puede, no consigo que me obedezca”, “si le digo que no, me la monta hasta que lo consigue” y frases parecidas que revelan la rendición parental de una forma flagrante ante la que se debería reaccionar y pedir ayuda para buscar los métodos adecuados que impidan la continuación de esa deriva que lleva, de forma directa, al fracaso educativo.

La situación es grave y los padres que luchan lo hacen solos y contra la corriente dominante; pelean no sólo contra sus hijos, lo hacen contra la dejadez de la mayoría de los padres que se han rendido y que dejan, como ejemplo, que sus hijas de 13 años lleguen borrachas a casa “porque es normal”. No, no es normal, lo normal es que una niña de 13 años tenga horarios, premios y castigos, cumpla unas reglas o se enfrente a consecuencias que no desea; lo normal es que los apdres sepan y se preocupen por las actividades que desarrollan sus hijos, dónde, cómo y con quien y eso, como podemos confirmar todos los que hemos tenido que hacerlo, es una tarea ímproba, ingrata y agotadora, pero es lo que nos toca hacer a los padres. Tan normal es que un niño intente burlar la norma como que, si es sorprendido haciéndolo, se le caiga el pelo en forma de castigo automático  y eso es así porque nuestra sociedad se ha estructurado conforme a esos códigos de conducta: el que la hace, la paga. Así de sencillo y así de simple.

Los profesores se encuentran desvalidos, los apdres no aceptan que su hijo sea castigado; los mandan en un estado educativo próximo al salvajismo; no saben usar cubiertos en la mesa, no aceptan la frustración generada por los deseos insatisfechos; rechazan las reglas colectivas sabiendo que no van a tener castigo y que, lejos de reforzar la labor del profesor, sus padres le darán todo aquello que el niño solicite con tal de no aguantar la bronca en casa. 

La Guardia Civil avisa de las normas de uso de los móviles, la edad en la que un niño puede acceder a tan preciado bien; las aplicaciones que puede o no puede usar y…ni caso, oiga Vd. Y los adultos, lógicamente, se defienden de esas hordas de salvajes asilvestrados buscando espacios en los que poder comer tranquilos sin que una manada de enloquecidos destrocen el ambiente con sus gritos, lloros y demostraciones d mala educación. ¿A quién le extraña? A mi no, desde luego. Creo que todos disfrutamos de la compañía de niños y adolescentes bien educados y nos ponen los pelos de punta las broncas y groserías, cada vez más habituales, a las que nos vemos sometidos sin que podamos hacer nada para evitarlo.

Antes de que tenga que intervenir la sociedad y todo su aparataje legal y coercitivo, mucho antes de todo eso, están los padres y el ejercicio, obligado, de su responsabilidad. Todos los que andamos metidos en redes sociales hemos visto los cuidados carteles que no recuerdan las normas básicas: “en casa se aprende a…en la escuela se aprende a…”, separando muy bien los objetivos educativos de cada ámbito formativo. Y ese recordatorio existe porque en el primer espacio los ejércitos se han rendido y buscan, en la escuela, los logros que ellos no son capaces de alcanzar trabajando, cada día, para lograrlo. Si en casa no se educa, la sociedad sólo tiene un espacio de actuación: la acción legal y sus pertinentes sanciones y el rechazo. Es simple, es duro, pero es real como la vida misma, lo siento.

Estamos generando monstruos asociales y eso es grave, pues una sociedad que debe defenderse de sus niños y de sus adolescentes es una sociedad enferma; una sociedad en proceso de desestructuración que no augura nada bueno para los años venideros. Nadie pide pasar un examen para obtener el “carnet de padre”, se espera de cada uno de ellos el ejercicio de responsabilidad que ahora se abandona y sigue esa peligrosa corriente basada en “que me lo haga/resuelva el …¿estado? ¿colegio? ¿ayuntamiento? ¿policía?” No, a tus hijos los educas tú. A tus hijos los educa la convivencia en familia que vela por la aceptación de los usos y normas sociales de la buena educación, la antiquísima y olvidada “urbanidad”, esa que nos enseñaba a dar los buenos días, dejar el asiento del autobús a las embarazadas y a los ancianos - por cierto: nadie lo hace ya y cuando el que esto forma se levanta y le deja el asiento a alguien más necesitado que él, las caras del colectivo son de museo - tratar a los demás de forma agradable y cordial y demás componentes de la larga lista que automatizamos convenientemente. Todo eso se ha abandonado y las consecuencias se empiezan a notar.

En pocos años veremos alcohólicos de poco más de veinte años, colectivos de “ninis” absolutamente perdidos que no saben qué hacer con sus vidas sin olvidarnos de lo que ya empieza a ser una plaga de acoso escolar, abusos sexuales originados por el uso incontrolado de redes sociales en móviles y ordenadores; consolidación de tendencias nefastas como borracheras, descontrol de horarios y espacios sociales de más que dudosa conveniencia etc.
Estamos creando una sociedad desestructurada, agresiva, mal educada y patológica por no actuar allí donde empieza la construcción de todo lo importante: la infancia. Y en esa etapa la influencia decisiva, la que es responsable de casi todo lo que vendrá luego, las figuras centrales se concentran en el núcleo familiar. Si eso falla, falla todo. 

Padres: nadie puede hacer lo que a vosotros corresponde, así que menos vagancia y más pelea con esos monstruos bajitos que deben convertirse en ciudadanos, que ya sabemos que es jodido, pero es lo que os toca. Así de simple: no miréis hacia otro lado esperando ayudas desde otros colectivos, que vosotros lo habéis elegido y el control de sus vidas sólo puede ser vuestro. Lo demás, echar balones fuera. A ponerse las pilas.


martes, 6 de diciembre de 2016

España entregada a la inmoralidad

Rafael Catalá, ministro de Justicia ha decidido, por su cuenta y riesgo, dejar claro que España es un país amoral en el que la ética se ha marginado hasta espacios inconcebibles en otros sistemas democráticos. Según él, “La responsabilidad política por la corrupción se salda en las urnas”, así, sin anestesia, sin avisar y como diría el castizo, “con dos cojones”. La declaración es funesta, pero más funestos aún son los escondidos arcanos que alberga tal afirmación. Aviso: me es igual el partido al que pertenece el interfecto, así que me fijaré en el fuero y no en el corral al que pertenece la gallina que ha puesto este huevo.
España se ha entregado al absurdo y lo que la afirmación desvela es que tenemos mal arreglo. Nos dejamos llevar hacia un horizonte de corrupción en el que lo que cuenta es participar, pillar sin freno esperando que la masa esconda nuestra participación y que no seamos uno de los pringaos a los que les tocará “comerse el marrón”. Si todos participamos y votamos adecuadamente, seremos absueltos de las responsabilidades políticas de un sistema que se encamina a la práctica generalizada de actuaciones inmorales validadas por la masa de los votos. Si todos participamos, la cosa sale bien para todos y si la mala suerte nos hace pasar una temporadita a la sombra, no hay problemas: el sistema velará y ya nos rengancharemos a la vuelta.
Las urnas lo lavan todo, todo vale si “los nuestros” son muchos más que los otros y nos aseguran la oportuna mayoría. ¿Nos hemos vuelto locos? ¿Somos todos tontos o demasiado listos? Ante mi asombro y escándalo, el ministro no ha tenido que afrontar la repudia masiva de la prensa o de los partidos; no ha pasado nada y el que ha lanzado tal torpedo a la línea del sistema y de la ética no ha tenido que ponerse colorado ante la opinión pública o publicada, no ha tenido consecuencia ninguna y todo sigue como si tal cosa.
Este ministro le ha dado la razón a Jesús Gil en un homenaje post mortem que le exonera y bendice en su oscura trayectoria como alcalde de Marbella: los votos le perdonaron, le encumbraron y consolidaron un sistema de corrupción generalizada cuyas consecuencias seguimos pagando, pero…los ciudadanos le perdonaron con sus votos.
Estoy sencillamente harto, estragado, asqueado de estos personajes que pervierten el lenguaje y las ideas  consiguiendo que todo el sistema se olvide del rigor ético exigible a los políticos. España se entrega a su historia de compadreos y corruptelas, bendice el origen de una concepción social en la que el individuo, maltratado por el sistema a lo largo de siglos de ineptitud – por favor, no se olviden de repasar a Quevedo de cuando en cuando – de sus gobernantes, se busca la vida de espaldas y contra los gestores de la cosa pública. Nos condiciona una historia de nefastos gobernantes, validos de peores monarcas, que nos ha hecho polvo y que nos condena a perder el tren del futuro. La “res pública” la romana “cosa pública” se ve maltratada y pervertida por estos tales que así conducen la moral de todos hacia la insolidaridad, la inmoralidad y la consagración de la mentira.
España, como dice un amigo mío, vivió al margen de las revoluciones y el problema es ése: no sólo no llegó la revolución industrial, es que no nos rozó la revolución calvinista y así nos va. Nuestra historia se ha entregado a los caciquismos, a la búsqueda de espacios individuales al margen del común, por encima o al lado, que a nosotros, “hijos de nuestro padre” nadie tiene que decirnos qué se puede o no se puede hacer, que las normas son “para los otros”, los pobres pardillos que no saben buscarse la vida al margen y contra las normas que a todos deberían gobernarnos.
La idea de que tales comportamientos nos hieren a todos permanece ajena a la concepción vital del español: consagramos a folclóricas corruptas en el altar del victimismo y la conmiseración; las estrellas del fútbol, sacrosanta catedral de irracionalidad, se permiten hacer mangas y capirotes con sus obligaciones fiscales recibiendo baños de masas y perdones de los aficionados que pagan sus elevadas nóminas mientras apoquinan, como cabrones, sus cuotas del IRPF y demás impuestos, solo válidos para los “comunes mortales” que no saben levantar pasiones pateando pelotas y llevando a sus clubes a la gloria y a los aficionados, al éxtasis de su majestad el gol. Los campos deberían ser un concierto de repulsa y rechazo, pero eso no pasa ni pasará nada: ¿Mesi, Ronaldo y demás bajo el imperio de la ley de los comunes? ¿Es que no me doy cuenta de que ellos son “distintos”, “especiales”, “geniales” y..? ¿Es que soy tonto? Debo serlo, pero las masas bendicen las declaraciones que inician esta reflexión: no hay norma ética por encima de la divina bendición de las masas, de los aplausos, de las urnas y los votos. Vox pópuli, vox dei


Mal pronóstico para un país en manos de inmorales, lo siento.

domingo, 6 de noviembre de 2016

El pisito


Anda el patio revolucionado por la compra y venta de un pisito de protección oficial que ha conseguido organizar a los muchos corifeos que dirigen a los fieles vocalistas, siempre prestos a rasgarse las vestiduras y mesarse los cabellos. Vaya por delante que no defiendo al protagonista de la acción que tanta indignación ha generado, pero creo, sinceramente, que una vez más España atiende al huevo olvidando el fuero y sigue sin atender a las raíces y razones que han permitido una acción tan habitual como repetida en los últimos años.
Curioso que tanto ruido mediático se contraste con el silencio de plomo que rodea el escandalazo de la venta de las viviendas municipales realizada por la administración municipal de Ana Botella, que va camino de los tribunales para convertirse en un caso muy divertido con ramificaciones familiares incluidas. Tampoco se ha dicho casi nada sobre los posibles pufos de la empresa familiar de una nueva ministra ni de los revolcones legales de otro ministro implicado en no sé qué mejunjes inmobiliarios. De Cospedal mejor no iniciar comentario alguno, que necesita mucho más tiempo, dedicación y extensión de lo que tengo en mente escribir hoy. Sólo con su paso por Castilla la Mancha habría para escribir tomos enteros sin tener en cuenta el magnífico y brillante momento chorra del “despido en diferido” o los tratamientos informáticos a base de martillazos. Verdaderamente, la chica da para mucho y mejor dejarlo ahí, que me quiero centrar en la idiosincrasia patria y nuestra tendencia al enchufismo, al amiguismo y al compadreo.
Heredamos, como buenos latinos, los vicios y maneras del clientelazgo romano, aquél que obligaba al poderoso a favorecer al protegido a cambio de su obediencia y su adscripción política y que acabó dando lugar a una figura puramente autóctona que supimos exportar a nuestras colonias americanas: el caciquismo. De aquellos polvos vienen estos lodos que todos, con mayor o menor alegría, explotamos como podemos para favorecer nuestros intereses. Yo mismo me vi favorecido por un “enchufe” para poder entrar como alumno en el instituto que me correspondía, como casi todos los que allí formábamos para entrar en las aulas.
El caso que nos ocupa parte de un vicio del que nadie ha hablado suficientemente y que, de no evitarse, seguirá generando conductas similares: ¿Por qué una promoción de viviendas de protección oficial destina el 15% de las mismas a ventas de “libre designación”? ¿Es que estamos tontos? ¿Es que no está claro que todas y cada una de esas viviendas van a acabar en manos de los mejor “enchufados”? ¿Nadie ha hecho la lista de los agraciados por el resto de las viviendas así clasificadas en la misma promoción y las razones de su suerte? Yo no la conozco, pero sería curioso conocer los nombres y sus diversas relaciones con los promotores y sus bancos, con los constructores y demás implicados directamente en la gestión de esa promoción. No, la cosa nace podrida porque TODOS, promotores y administraciones bendicen, de partida, la asignación a dedo reservada a “compromisos”. ¿Qué tipo de compromisos? La categoría es amplia y va desde la devolución de favores, relaciones familiares y comerciales o manejos políticos que pueden afectar a cualquiera, que ya hemos visto de todo.
España es un país de corruptelas y me gustaría que los que tanto ruido hacen y tanta indignación demuestran tuvieran el mismo criterio ético a la hora de evaluar el origen de grandes fortunas que, hoy en manos de miembros activos del PP, se generaron con el extraperlo franquista, corruptelas inmobiliarias, emisoras de radio destinadas a ensalzar las bondades del régimen y un largo etcétera de actividades absolutamente inmorales hoy olvidadas gracias al bálsamo del tiempo y, fundamentalmente, del dinero, que ya nos advertía el genial Quevedo sobre sus bondades:
Nace en las Indias honrado, 
Donde el mundo le acompaña; 
Viene a morir en España, 
Y es en Génova enterrado. 
Y pues quien le trae al lado 
Es hermoso, aunque sea fiero, 
Poderoso caballero
Es don Dinero.
Es don Dinero.

No me gusta la acción del lapidado, pero lo que si me gustaría realmente es que el criterio ético del país se elevara de forma sustancial para que, ejemplarizados por lo que pasa en otras democracias, consiguiéramos separar lo legal de lo moral y que todos nuestros políticos desfilaran al son de una misma partitura ética que les obligara a todos. Si eso fuera posible otro gallo nos cantaría y los cuadros de la política nacional se adelgazarían gracias al desfile vergonzante de “beneficiarios a título lucrativo”, no juzgados por “defectos de forma cuyo fondo está podrido” y una larga fila de embutidos ensortijados larga como la noche que envuelve nuestra política.

Vale, su papá lo enchufó, pero creo que el objetivo que debemos platearnos es el de trabajar todos para tratar de eliminar la posibilidad de que todos los padres puedan hacer valer su posición para favorecer a los unos en detrimento de los muchos. Simplemente, con algo tan pequeño, este país cambiaría mucho y lo haría para bien. Y a los corifeos, decirles que dirijan a sus fieles cantores a dar serenatas bajo todos los balcones y a todos dar el mismo mensaje, que, si es bueno para unos, todavía es mejor para los otros y también necesitan oír la música que les avergüence.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Lo trajo la niebla


No era un buen día y lo sabía. El despertador había interrumpido un sueño profundo y espeso que dio lugar a un sobresalto que presagiaba lo peor a la vez que el ruido de las gotas en el tejado le anunciaba un camino lento, de tráfico espeso como un río de lodo que no llegaba a ningún destino. Puso el café y se encaminó a la ducha con ánimo negro y la esperanza de que el agua caliente se llevara parte de los funestos augurios que dominaban su espíritu en un jueves tan absurdo como todos los jueves, ese día de la semana que ya nos deja la huella del cansancio extremo sin aventurar siquiera la fresca esperanza que llega con los viernes, por mucho que la experiencia nos diga que el fin de semana tampoco será nada del otro mundo y seguiremos dominados por la rutina de unas vidas prefabricadas que circulan por el camino de lo prestablecido.
El vapor del agua caliente, por fortuna, había empañado el espejo y por lo menos, se libró de la contemplación de sí mismo; ese desconocido que, desde hace unos años, se encontraba con él por las mañanas sin que, día tras día, pudiera reconocerse en ese ser que le saludaba al otro lado. ¿Es posible que ese espantajo sea yo mismo? Desde hacía tiempo era consciente de esa especie de esquizofrenia en la que discurría su vida como si, en realidad, fueran dos: la que él sentía como resultado de su subjetividad, joven, dispuesta y sin la huella del tiempo y las comidas en su cuerpo y la otra, la que le gritaba que la verdad pertenecía a lo que el mundo veía de él y de su realidad, constituida por las décadas pasadas, el trabajo de oficina y la claridad de las huellas del tiempo impresas en cada punto de su cuerpo. Por lo menos, hoy no me encuentro con él, pensaba al salir del cuarto de baño envuelto en albornoz camino del café caliente mientras la casa permanecía en el pesado silencio del último sueño.
El resto fue lo de siempre: vestirse en silencio y con cuidado, asegurarse de que llevaba el teléfono móvil con la batería cargada, echar un ojo a los mails de la oficina, borrar los publicitarios que le acosaban con ofertas que ya ni veía, y encaminarse hacia el coche arrastrando el tedio de un día más que nada aportaría a su carrera profesional, en la que sólo aspiraba a un languidecer placentero haciendo lo que siempre había hecho y lo que nadie parecía valorar, ni siquiera él mismo. El motor del coche se puso en marcha mientras los parabrisas limpiaban el agua del otoño – ya no hacía caso de esos campos cercanos a su casa que tanto se alegraban de la novedad tras el estío de un verano de horno – se puso el cinturón de seguridad y encendió la radio para confirmar lo que ya sabía de antemano. Follones políticos, crisis mundial, calentamiento global, el penúltimo caso de corrupción de éstos y de aquellos y nada. Como siempre, nada nuevo que rompiera el ruidoso silencio de una monotonía instalada en el absurdo a la que ya no le apetecía prestar atención ni para enfadarse; no valía la pena seguir peleando por una indignación que nada le reportaba.
A veces, tenía la sensación de ser el único que se daba cuenta de que aquello no podía mantenerse sin terminar en un desastre global y cada vez más violento. Le parecía imposible que todo ese caudal de errores -inmensos, enormes, magníficos y absurdos errores – no tuvieran consecuencia alguna. Era como si nada de lo que constituía la realidad pudiera tener consecuencias en ese pequeño universo del país, como si nada fuera real o tuviera el suficiente peso como para terminar de hacer descarrilar ese tren marchando hacia el caos absoluto que lo devoraría todo un día. Más tarde o más temprano, ese final apocalíptico tendría que tomar forma y dominarlo todo, pero él ya se había retirado; ya no hacía nada y, sobre todo, no comentaba nada harto de que sus conocidos, lejanos o cercanos, rechazaran de plano la visión que el trataba de trasladarles con meridiana claridad.  Unos y otros argumentaban como imágenes simétricas de una visión confundida dominada por los discursos particulares de los partidos afines, siempre corta, siempre mentirosa y siempre ajena a la realidad que, a él, le escupía su desprecio a la cara sin que pudiera luchar contra ella.
El gusano de coches se deslizaba lento por la estrecha carretera camino de la autopista, allí donde todos se detendrían como siempre, en el mismo lugar, a la misma hora y día tras día: siempre igual, con las mismas señales y los mismos e inmutables puntos de referencia. Todo era igual pero, con el aire que entraba por la abierta ventanilla que trataba de despejar los cristales del vaho de la lluvia, ese día entró algo que no esperaba: entró su propia felicidad escondida entre la débil niebla del pequeño valle del río que todos los días tenía que atravesar. Como un latigazo que nos despierta de repente, su niñez se hizo presente para llevarle a una lejana montaña donde, se dio cuenta, había tenido un momento raro y pocas veces repetido, un momento de plena felicidad, de absoluta e inerte plenitud asociada, esta vez sí, con una niebla espesa, fuerte, densa y dominante que lo silenciaba todo y dejaba al mundo suspendido de la nada mientras ella, segura y tranquila, cubría cumbres y valles con una luz difusa que destruía contornos y lo dejaba todo impregnado de su olor de agua y de nube; de libertad y de viaje, de tiempos largos y fríos helados que se pegaban a la ropa camino de una piel aterida que no podía reaccionar ante la belleza del momento.
A caballo, en la cima de un collado, dominando dos profundos valles de montaña, volvió a sentir la dureza de las peñas y a recordar, sin querer recordar, la alocada carrera de los muflones pendiente abajo saltando entre los enormes pedregales que se prolongaban hasta el lago, diáfano, lejano y todavía iluminado por un sol que resistía el avance las nubes de niebla que ya señoreaban las cumbres. Todo conformaba un paisaje mágico al que, de repente, se sumó la presencia de un águila real que le pasó a poco más de un metro de la cabeza en persecución de las cabras y que rompió la niebla en silencio, tranquila, segura y pausada en la confianza de que algún cabrito se rompería la crisma en la carrera. Fue algo tan inesperado, tan potente, tan fidelizado en el recuerdo que, por un momento no supo dónde se hallaba: si en el coche o si había vuelto al monte llevado por la magia del indeleble recuerdo. Abrió la ventanilla del todo y el olor se hizo más fuerte, más intenso, más evocador y más urgente, tanto que notaba que le demandaba algo que no era capaz de identificar pero que, sin embargo, percibía como urgente y necesario.

Y en ese momento lo supo y cerró la mente a cualquier duda: apagó el teléfono, llegó a la rotonda y en lugar del camino habitual, giró en redondo para dirigirse a la montaña en busca de la niebla y su recuerdo. No volvió nunca y nadie sabe que, por fin, fue feliz en el silencio de una niebla con la que consiguió iluminar su vida.

martes, 1 de noviembre de 2016

La desigualdad social como objetivo


Escribir, hoy, sobre la desigualdad social es casi una obligación derivada del mínimo sentido de decencia en un mundo que, cada vez, tiende a olvidarse de conceptos como justicia, igualdad de oportunidades, solidaridad y política desarrollada al servicio de la mejora de las condiciones de vida de los ciudadanos. Surgen estudios, estadísticas y artículos relacionados con esta realidad que empieza a ser un problema real para todos y que, con independencia del país que se analiza, permea las fronteras para convertirse en un problema global, algo que los causantes de tal problema conocen y explotan a su favor.
Me temo que la “cosa pública” ha dejado de ser la meta para convertir a los políticos y a los diferentes sistemas en parte de la “cosa nostra” con un “nosotros” cada vez más amplio, plurinacional y ajeno, por completo, al desarrollo del bien común. ¿Qué ha pasado para que los intereses de los menos primen de tal manera sobre los derechos de los muchos? Pues han pasado muchas cosas y casi todas malas para nuestros intereses; los de los simples ciudadanos que vemos arrumbados nuestros avances sociales arrollados por una ola de globalización financiera que se ha llevado muchas cosas por delante y amenaza con destruir todo lo que se oponga a su creciente marea de intereses.
Los gestores de una Europa destruida por la segunda guerra mundial, imaginaron una sociedad equilibrada en la que la riqueza común tendía a repartirse mediante sistemas sociales encaminados a conseguir la prosperidad del colectivo social de las naciones; una sociedad en la que los impuestos se fijaban de forma proporcional a los ingresos y que fijaba sus objetivos en una igualdad de oportunidades que llegara a todos los colectivos. Esta idea, más o menos independiente de las afinidades políticas de cada cual, izquierda o derecha, era compartida por todos llegando, incluso, a sectores que hoy, décadas más tarde, luchan con todas sus fuerzas contra los sistemas fiscales. El reparto de la riqueza se ha considerado, en el último siglo -más o menos – una garantía de paz social, empezando por los más ultraliberales americanos encabezados por Henry Ford, de cuyos delirios filo-hitlerianos hoy sabemos mucho. Fue él el que aspiraba a asegurar su negocio bajo la máxima de “quiero obreros bien pagados que puedan comprar mis coches”. De esta manera, simple, directa y transparente, se aseguraba la generación y estabilidad de una clase media que accediera a los bienes de consumo -el famoso mercado – asegurando la viabilidad de la actividad empresarial. Los impuestos, mal menor, aseguraban, a su vez, unas infraestructuras mínimas necesarias para que todo fluyera de una manera adecuada, sin pretender mucho más.
Europa, más afín y más escarmentada por las muchas tensiones sociales del Siglo XIX, quería ir más allá en términos de seguridad social, derechos laborales y construir el llamado “estado de bienestar” que asegurara los muros contra la amenaza comunista representada por los deseos imperialistas de la Unión Soviética, en permanente dinámica anexionista y expansiva. Fruto de ese enfrentamiento constante, la Europa democrática generó una clase media satisfecha, honrada y solidaria que entendió el desarrollo social como una meta válida y universalmente aceptada. La desaparición del enemigo comunista relajó la tensión y la llegada de la globalización puso la puntilla final al “estado de la cosa”, dejando a las nuevas corrientes neo-liberales, genéticamente insolidarias y egoístas, al mando de las corrientes dominantes en las cúpulas de las corporaciones y de la influencia política. Probablemente, el momento clave que señala el triunfo de esta nueva tendencia, lo podamos encontrar en el periodo de la administración Reagan y la completa liberalización de los mercados financieros de los EEUU que tan graves consecuencias tuvo, años más tarde, y cuyo máximo exponente fue la quiebra de Lehman Brothers y posteriormente, el caos económico que ahora, después de 8 años, seguimos viviendo y que no acaba de solucionarse por completo, pues las noticias que llegan sobre la banca Alemana e Italiana no son especialmente positivas y es posible, muy posible, que las nubes que se ven en el horizonte configuren el tormentazo de mañana. Veremos.
Mientras tanto, los muy ricos y sus corporaciones globalizadas, pretenden estirar la idea en la que se basan los paraísos fiscales para convertirse, ellos mismos y sus intereses, en elementos aislados y ajenos a la política fiscal de los estados y sueñan con un panorama idílico en el que sus intereses de clase primen sobre el colectivo social en el que desarrollan sus negocios. No quieren que haya reparto; aspiran a conservarlo todo y cuestionan la validez de un sistema que rechazan de plano sin aceptar ningún principio de reparto de la riqueza o aportación social reglamentada. Se amparan en un filantropismo que dirige las ayudas allí donde ellos estiman conveniente marginando a las administraciones estatales por inútiles.
Sobre esto se ha escrito mucho y me quedo con un párrafo del libro “La secesión de los ricos” de los catedráticos de sociología de la Universidad de Valencia, Antonio Ariño y Juan Romero:
“El proceso de desanclaje financiero, económico, político, cultural, moral y residencial de las élites en relación con la sociedad en la que se hallan nacionalizadas y tributan” y cuyo máximo exponente es el proyecto de construcción de una isla flotante en aguas internacionales en la que estas élites puedan hacer sus negocios sin estar sujetos a ninguna legislación estatal. No está mal, pero las consecuencias de esta concepción clasista, segregadora y absolutamente elitista nos recuerda, siempre hay precedentes en la historia, a las tensiones sociales y a las luchas de clases de la Roma republicana dividida entre patricios -los que usaban la “res pública” a favor de sus exclusivos intereses – y los plebeyos -relegados a servir al bien común sin obtener nada a cambio- y que acabó en un buen follón que se prolongó a lo largo de los siglos. Mientras que los patricios medraban a costa de la estructura y la administración de los intereses de Roma, el pueblo llano sólo podía aspirar a la mera subsistencia, generando un término que se ha mantenido hasta nuestros días: proletario, aquél cuya única riqueza es su prole: los hijos como fuerza laboral y único patrimonio de los padres.
Hoy, como ayer, los modernos patricios hacen valer sus interese por encima del bien común y hacen y deshacen amparados por la imposible gobernabilidad de un sistema de comunicaciones globalizado, inmediato y lleno de zonas oscuras para la fiscalización de los estados. Ellos, que generaron el desastre mediante prácticas deshonestas, han puesto de rodillas a los estados europeos que acudieron, solícitos, a solucionar sus problemas con dinero público, el mismo que ellos no quieren generar mediante el pago de impuestos. Ellos y sus negocios se colocan al margen y sólo quieren tener mercados cautivos al servicio de sus intereses mientras bombardean las sabidas proclamas de “la liberalización de los mercados”, “la ineficacia de las administraciones” y otros muchos torpedos dirigidos a la línea de flotación de cualquier sistema cuyo objetivo sea el reparto de la riqueza y la protección de las clases medias, verdadero motor de la prosperidad general.
¿Qué se hace hoy por proteger a la clase media? Nada, absolutamente nada. Si un mercado local se agota y sus ciudadanos no pueden acceder a los bienes de consumo, se abandona, se cambia el foco de actividad y se atiende, exclusivamente, a ese mercado emergente de nuevos clientes conformado por países que, hasta ahora, estaban fuera del sistema de libre mercado. ¿Para qué cuidar a los europeos? Para nada, que ellos ya nos salvaron del desastre y solucionado este problema que amenazaba nuestra rentabilidad, los podemos dejar al margen con la seguridad de que el día a día del negocio será suficiente para seguir regando nuestros jardines.
Esto es tan obvio que hasta Angela Merkel se ha dado cuenta de la deriva y asegura: “Lamento que a menudo sean precisamente los que no tuvieron que ver con esos errores [que generaron la crisis económica], los jóvenes y los más desfavorecidos, quienes hoy más padecen las consecuencias. Con frecuencia, las personas con capital ya hace tiempo que han salido del país o cuentan con otras posibilidades para protegerse. Los ricos en los países más afectados por la crisis podrían ser muy útiles si se comprometieran más. Es muy lamentable que parte de las élites asuman tan poca responsabilidad por la deplorable situación actual”
¿Y qué se puede hacer? ¿Qué manual de instrucciones podemos aplicar hoy? Pues me parece que debemos hacer mucho y que lo más importante es generar un manual del que, hoy, desconocemos todo. Los modelos y sistemas políticos heredados de la antigua separación izquierda-derecha, capitalismo vs socialismo, no sirven actualmente, pues la sociedad ha cambiado hasta el punto de que los referentes sociales y territoriales han dejado de ser válidos y sólo el poder del dinero y las corporaciones es capaz de ejercer sus prerrogativas y medrar sin tasa, sin control alguno que limite su ambición.
Si hace unos días decía que la izquierda no tiene quien le escriba, hoy puedo asegurar que es la sociedad, en su conjunto, la que carece de escritores que planifiquen su futuro y corrijan la deriva actual hacia objetivos sensatos, justos y solidarios. Hoy, los más grandes, evaden sus responsabilidades y no pagan impuestos, dejando a las clases medias y pequeños empresarios en una situación desigual que les condena a soportar una carga fiscal desmedida y que debe paliar la falta de aportación de esas grandes fortunas, perfectamente blindadas contra las administraciones fiscales de unos estados que no pueden parar la sangría; pero nadie habla en favor de estos dos agentes sociales. Y lo curioso es que sus intereses, siendo comunes, se entienden contrapuestos. El enemigo del pequeño empresario ya no es su trabajador, que cuenta con más o menos protección social, no: su enemigo es la gran corporación que evade sus impuestos y las grandes fortunas que tampoco lo hacen. Por parte del asalariado, la cosa no es mejor: vigilado y sometido, paga sus impuestos sin tener opción de minimizar sus aportaciones usando las ventajas que tienen los más poderosos, de manera que su capacidad de gasto y de ahorro se ha visto mermada hasta no poder acceder a lo que antes se consideraba normal y que, ya nos dijeron, significaba “vivir por encima de nuestras posibilidades”.
No, hoy la cosa se ha confundido y el enemigo común no se identifica adecuadamente convirtiendo a la general insatisfacción en un abonado campo de cultivo para el crecimiento de nuevos populismos que ofrecen los consabidos - y eficaces - banderines de enganche. Europa va deslizándose, poco a poco y conducida por los efectos de una crisis mal gestionada que ha acabado generando una desmedida injusticia social, al abismo del populismo que nos condena a vivir la tercera D que nos profetizaban los clásicos griegos: Dictadura, Democracia y, la tercera, Demagogia, esa que hoy conocemos con el nuevo nombre de populismo, generador de grandes titulares que proponen aquello que nadie es capaz de cumplir.
Alguien, muchos, debemos demandar que esto termine, que se pongan en marcha los sistemas y medidas que aseguren un futuro social digno para nuestros hijos y nietos, pues el rumbo emprendido nos lleva al desastre. No sé de qué lado del pensamiento político vendrá la generación de ese nuevo libro de ruta pues ninguno de los dos parece en condiciones de domar este caballo apocalíptico que galopa desbocado hacia el triunfo y consolidación de la peor versión del ser humano ególatra, mezquino, cruel y absolutamente despótico con el más débil. Europa es, hoy, un mercado cautivo que amenaza agotarse y convertir a sus ciudadanos en nuevos súbditos de un soberano tiránico: las corporaciones supranacionales con más dinero, más medios y más coherencia en su egoísmo que los propios estados que deben proteger a sus ciudadanos. Y eso pasa, curiosamente, cuando hay riqueza y recursos suficientes para que todos -y digo todos con alcance global - alcancemos un nivel de bienestar común muy satisfactorio y ajeno a las inherentes crisis de un modelo condenado a la perpetuación de crisis periódicas basadas en la necesidad de crecer constantemente. Ni el planeta lo soporta ni el mínimo planteamiento ético de cada individuo debe permitirlo, pero estamos solos, nos han abandonado y no contamos en sus planes, así de sencillo.


Mal pronóstico, la verdad. No hay referentes éticos ni morales; no hay manual de instrucciones y cada cual, a su manera, se defiende como puede dando la espalda al colectivo. Han conseguido tomar todas y cada una de las posiciones defensivas y desarticular la defensa del bien común. Los últimos tratados comerciales de la Unión Europea con Canadá y Estados Unidos se han construido en silencio y con el único objetivo de entregar a 500 millones de consumidores indefensos a los intereses de grandes corporaciones comerciales que no quieren ni trabas, ni reglamentos ni garantías para los consumidores. Esa, y no otra, es la clave de los tiempos, pero mientras tanto, todos seguimos pagando impuestos y sosteniendo un sistema que nos ha vuelto la espalda para adorar a ese nuevo poder que, despótico y autista, canibaliza estados enteros para convertirlos en beneficios de la cuenta de resultados. Mala cosa, la verdad.